Esta tarde he vuelto a la escena del crimen, porque uno siempre vuelve a donde murió y aquí fue donde nos besamos con pasión, tanto que el viento jamás se llevó el beso.

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Esta tarde he vuelto a la escena del crimen, porque uno siempre vuelve a donde murió y aquí fue donde nos besamos con pasión, tanto que el viento jamás se llevó el beso.

Sé fuerte, me dijeron. Como si no estuviese intentando levantarme desde esos cimientos que tan apegados se quedaron conmigo.

La llama brillaba cada vez más y el tiempo corría a lo loco y yo era ese soñador que se detenía en cada esquina para apreciar la sonrisa del niño, el atardecer en el horizonte y la madre siendo notificada de su embarazo.

Siento llevarme conmigo a todo aquel que se interpone en mis sentimientos, que se pone en frente de toda esta velocidad frenética que llevo en las venas y todo detalle que apuntó a mi sonrisa. Perdón, no sé de frenos, ni mucho menos de amar sin dejar manchada la escena del crimen.

El paraíso no debe ser el Cielo, sino una colección de todos los buenos recuerdos que fuimos acumulando a lo largo del camino, ir apreciando las flores que ir cortándolas para regalárselas a gente que no tiene vida.

Hay chicas a las que se le regalan margaritas, y hay otras a las que se les regala el rosal.

El amor duele cuando intentas no echarle de menos, y en cambio, terminas llamándole y diciéndole que ya no le quieres de vuelta, y que has disfrutado del capítulo de su vida y que el tuyo es ese al que de ahora en adelante regresarás para leer lo subrayado.

Vale, hay cosas tan bonitas que es imposible escribir de ellas, porque describirlas sería un pecado capital. Cosas que a simple vista son fugaces y más adelante te das cuenta de que fueron estrellas.

Volvemos a donde reímos, porque nos gusta el masoquismo de recordarnos felices cuando estamos hasta el cuello de tristeza. Y vale la pena volver, porque siempre, pero siempre hay algo que nos hace quedarnos.

Soltar es agradecer la experiencia, es pasar la página y dejar que la vida siga fluyendo. No bloquees tu camino y da la bienvenida a lo que mereces.

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Soltar es agradecer la experiencia, es pasar la página y dejar que la vida siga fluyendo. No bloquees tu camino y da la bienvenida a lo que mereces.

La palabra es un soplo de viento, mientras que el acto es un huracán.

Nadie es mejor ni peor. A veces, simplemente pasa que se gustan pero que no coinciden o no se corresponden. Si no se da, es que nunca lo fue y no lo será. No fuerces, deja fluir.

Mucha gente se dedica a criticar mi progreso, a diferencia de otra gente, yo presto atención a las críticas destructivas, para esforzarme cada día más y más.

Soy mi propio límite, no compito con nadie sino conmigo mismo. No me me esfuerzo todos los días para complacer a otros, simplemente lo hago porque me gusta y porque he descubierto un mundo en esta mierda de vida.

Creo firmemente que mucha gente que me critica debería empezar a sudar duro, sacar hasta la última gota de sudor, para sentir lo que cuesta tener, aparte de un buen cuerpo, una mente que realmente valga la pena apreciar.

Si contara las veces que se han reído de mí. Antes lo hacían porque tenía sobrepeso, ahora lo hacen porque he perdido toda esa grasa. Pero ahora soy fuerte mentalmente, una repetición más por la burla, una repetición más por mí. Levantar más peso cada mes, para demostrar que eso no podrá conmigo.

He conocido a gente realmente genial, personas que verdaderamente saben lo que es la rutina, la dedicación y la perseverancia. Yo no me planto aquí a chatear o a criticar el progreso de otros. Algunos nunca progresan, porque viven por el simple hecho de aparentar, otros vamos a partirnos el alma para lograr nuestros objetivos.

La gente que se ríe de uno, casualmente, es la que nunca ha vivido Y aún así, con esa doble ironía, se burlan de uno.

No sacrifiques tu brillo para que otros se iluminen. No negocies tu esencia. Cuando alguien te quiere bien, hay espacio para que los dos se enciendan.

No sostengas lo insostenible, no retengas lo que se quiere caer. Hay momentos en los que hay que soltar, dejar de forzar, y simplemente aceptar. Aceptar no significa resignar ni tolerar. Aceptar es mirar a través de los ojos de la realidad, es fluir con el torbellino del presente, y eso implica muchas veces, irse o dejar ir. No malgastes tu energía, haz sólo lo que dependa de ti.

El miedo a perder funciona como profecía autocumplidora. Indefectiblemente pierdes cuando intentas controlar todo.

Por eso no sirve de nada ser negativo porque uno mismo llama a que se cierren puerta y oportunidades, y en la intención de querer controlarlo todo entra en jaque esa frase y muy cierta de quien mucho abarca poco aprieta, preferible frenar la ansiedad y hambre de comerse el mundo por así decirlo y darle solo un bocado cuando es necesario, es decir en el momento apropiado.

 

 

El invierno se ha mudado a sus ojos, ríe en rara ocasión, se le ilumina la cara cuando se enamora y es la estrella fugaz que pasará por tu vida para que comprendas que hay chicas que son pasajeras y toca que echarlas de menos lo que dura una vida en desvanecerse.

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Ella quería ser una estrella
y brillar como Nueva York,
vestir Prada
y comerse el mundo a bocadillos.

Soñaba con ser pianista,
viajar por el planeta,
descubrir rincones,
playas
y taquicardias que desconocía.

Podía ser demasiado tarde
y llegar a tiempo a las citas,
pero era ella quien corría los relojes
y corría detrás de un imposible.

Verla a orillas del mar era la forma más preciosa
de ver el tiempo pasar y que no te importara si mañana te hacías viejo,
o de si mañana llovía o salía el sol.

Todos los poemas tienen un nombre,
pero el suyo,
el que llevaba escrito en su constelación de pensamientos,
donde la mirada se escondía detrás de una estrella,
no tuvo uno
y, de haberlo tenido,
se hubiese llamado:
tormenta busca tornado,
huyendo de la temerosa calma.

Los planetas giraban en su órbita
y estaba perdida porque estaba loca,
y estaba loca porque estaba enamorada
de una galaxia que le sonreía
desde la más profunda oscuridad.

Ojalá sea a mí a quien me mire,
decía.
Y un día dejó de brillar.

Lo peor que puedes hacer es convertirte en un cementerio que guarde todo lo que no te atreviste a decir.

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Lo peor que puedes hacer es convertirte en un cementerio que guarde todo lo que no te atreviste a decir.

No desesperes;
cuando has tocado fondo, cuando lo has perdido todo,
Cuando has muerto en vida, piensa que ya no tienes nada que perder.
Porque cuando pierdes el miedo a perder, pierdes el miedo a soñar,
A hacer lo que siempre quisiste hacer, a ser quien soñaste ser.
Cuando pierdes el miedo a perder, descubres que dentro de ti,
Hay un ser invencible, y por fin,
puedes actuar con total libertad para sacar lo mejor de ti.
Yo sé cómo llegar hasta lo más profundo y como conseguir hacerte invencible. No tengas miedo ¿Qué puedes perder si ya lo has perdido todo?

Cuando no se puede, no se puede. Cuando no se puede, no se puede… y punto. ¿Sabes esas veces en las que todo se tuerce y no puedes hacer nada?

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Cuando no se puede, no se puede. Cuando no se puede, no se puede… y punto. ¿Sabes esas veces en las que todo se tuerce y no puedes hacer nada?

Siento ser el de las malas noticias,
pero me he enamorado de ti,
incluyendo la escala de grises
que predominan en tu horizonte.

Me habían advertido que no debía enamorarme de ti,
porque me la pasaría en una constante caída
y que cuando encontrara la piedra correcta,
ya no sabría caer igual.

Me he enamorado de la forma en la que miras atrás
y te das cuenta de que estás llegando a la meta,
y que, aún así, no consigues ser la que querías ser.
Y un huracán se asoma a la puerta de tu corazón
y desordenada lo que aún quedaba de ese desastre.

—¿Y ese abismo?
—Es mi corazón.

Me quedo con todos tus defectos,
sin ponerles filtro ni efecto,
ni a tus pecas tan preciosas
ni a tus lunares tan utópicos.
Solía mirar a través de la ventana
imaginándote la actriz principal de mi vida,
pero hasta ahora vengo a darme cuenta
de que siempre preferiste ser la que se queda sin nada,
la que prefiere ser la amiga antes que la de los besos bonitos,
la que se queda en el sofá leyendo a Bukowsky
antes de encontrar al Bukoswky de su vida.

Vengo a decirte que,
he decidido que este sea el día,
para dejarte ir.
Me deshago de los nudos que me dejaste en la garganta,
lanzo a las llamas las lágrimas,
me convierto en un héroe de mi propio desastre.
Tomo el mando de esta embarcación
que es mi vida.

Vale, le suelto la mano a tu recuerdo.
Sonrío.
Espero que sonrías al sentir que
las cadenas están rotas.

Mi intuición me dice que no volverás,
pero yo, sin embargo, sigo apostando
a la cuenta regresiva de tus besos,
a tus arañazos a mis plegarias,
implorando ser perdonado con una caricia.

Dime, cielo, ¿cuántas tormentas tendré que
enfrentar para un verano contigo?
Me digo a mí mismo que eres
lo que la primavera intenta explicar
al mundo con sus flores, sus colores y sus aromas.

Y caigo en la tentación de abrir de nuevo el cajón
y abrazar aquella fotografía donde segundos antes
me gritaste idiota y maldecías el día que me conociste.
Y yo te di un beso en señal de que siempre cometería tonterías,
pero que tú seguirías siendo mi tontita favorita.

Te mordía los labios cuando maldecías
y te arrancaba la piel a besos,
la ropa en el suelo
y los pies sobre las nubes.
La noche temió a la eternidad
cuando nos vio resistiéndonos a la
inercia conductual de un sistema retrógrada
que concluía que dos como nosotros
jamás serían uno.
Pero es que dos como nosotros
jamás restaríamos,
al contrario,
siempre sumábamos,
incluso nos multiplicábamos al ritmo de las estrellas
a medida que la oscuridad despierta.

Ojalá el tiempo te cure de mí, me decías mientras
abrías la puerta de un universo totalmente distinto.
Y hoy en día él solamente me ha mostrado
lo que yo ya sabía de memoria desde tu partida:
es decir,
que te echaría de menos,
incluso cuando la noche quemara
tanto o peor que el infierno.

Hay rincones a los que caminamos con la mente en blanco,
sin darnos cuenta de que los conocemos de memoria.
Igual me pasó contigo.
Te encuentro en cada chica a la que miro,
sin darme cuenta de que tú
siempre estarás en cualquier canción,
verso
o suspiro.

Hasta el final.

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Hasta el final.

Me atraganto con el humo de tus estereotipos,
igual que la mayoría de las personas,
también tengo mis mañas
y sé fumar un weed en un momento determinado.
¿Por qué no?

Vacilando con la tristeza,
me he topado con tu recuerdo,
de aquel verano que pasan ya 145 sonrisas
y aún guardo las estrellas fugaces que cayeron aquella tarde
en el baúl donde solíamos escondernos
cuando queríamos ser jóvenes como el primer día del resto de nuestras vidas.
¿Por qué tú?

Y tus ojos temblaban al ritmo de la noche,
vibraba tu mirada en algún rincón del cosmos
y yo quise ser de repente un astro
con luz propia
y luego me dices que vas a quedarte lo suficiente.

Me gusta quemarme con los recuerdos cada cierto tiempo,
que pasarme la vida entera ardiendo en el olvido.
No quiero olvidarte,
quién te ha dicho semejante tontería.
Olvidarte significaría cerrar la forma tan bonita
en la que sonrío hoy en día.

Vuelco esta noche
en el mundo en el que flotábamos
como dos lunáticos que se cuentan sus lunares
y que en ellos encuentran las lunas perdidas de Marte.

Te frustras cuando insistes en querer encajar tus expectativas (cómo crees que debe ser) con la realidad (lo que es). Y muchas veces, son cosas muy diferentes. Cuando empiezas a forzar algo, es que simplemente ya no es para ti.
Quizá sea el tiempo de cambiar ese comportamiento, hábito o creencia, que te mantienen anclado en ese lugar.
Hay muchas más cosas por vivir, nuevas historias que contar, nuevas personas que quieren llegar y nuevos entornos que empujan el paso. Pero para eso, ve a lo profundo de ti, enfréntate a lo que merece ser transformado de adentro hacia afuera, ajusta tu visión y no sabotees tu futuro sosteniendo el agua con tus manos.

Firmamos un contrato: Hay que cumplirlo.

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Firmamos un contrato: Hay que cumplirlo.

Después de este tiempo, he descubierto tanto de mí.

Le di una oportunidad a gente que quería conocerme a fondo. Escuché música que dije que nunca escucharía. Me enamoré de la sonrisa de Julia Roberts. Leí muchos libros, vi muchas series, películas, amaneceres. Fotografié muchos atardeceres en lugares diferentes. Uno tras otro. Besé por primera vez a un chico. Evité discusiones con gente racista y homofóbica, ya que comprendí que de nada sirve empezar un debate con gente que tiene la mente cuadrada. Abracé a muchas chicas, en especial a una que tiene un carisma demencial. Borré unos cuantos recuerdos, quemé unas cuantas fotografías y saqué de mi vida a unas cuantas personas. Olvidé. Formateé el disco duro de mi vida. Limpié la tristeza con lágrimas, sudor y mar.

Murió el octavo gato que he amado en mi vida, quedando solamente el último gato en mi mundo. Cada uno de ellos me representaba en cierta medida, aunque Plutón, el que murió, tenía tanto de mí. A veces tan amoroso, otras veces rasguñaba profundo. Todas las mañanas era el único, porque el Menino Pecosín es perezoso, de recibirme con un ronroneo, con un roce. Se levantaba a la misma hora que yo ponía el pie izquierdo sobre el helado suelo. Miraba al alba como yo miro el atardecer. Pero un día ya no estaba. Desperté y no lo veía ahí, ya no trataba de alejarlo de mí cuando estaba de mal humor, ya no estaba ahí para levantarlo con mis manos y posarlo sobre mi pecho-hombro. Un día nadie se levantó conmigo.

Hice correcciones, miré en retrospectiva, cambié algunos aspectos de mí, hice un borrón y sonrisa nueva, modifiqué algunas conductas, tratos y actitudes.

Me descubrí a mí mismo despidiéndome de lo que echaba de menos por años, deshice nudos que en mi garganta no combinaban y, en cambio, me lancé desde décimo séptimo piso de mis miedos.

Dejé atrás los miedos, inseguridades, timideces, egos, orgullos y todas las barbaridades que me imposibilitaban de ser el que quería ser.

Así como los pájaros regresan a su nido, independientemente de cuánto horizonte haya por delante. Yo regreso a mi refugio, yo regreso a ti.

La historia más bonita que conozco son dos labios que se buscan con necesidad de encontrarse a mitad de un beso, mientras fuera no para de llover, ni de relampaguear. He encontrado la certeza del valiente cuando ya ha disparado todos sus te quiero y han dejado manchada la escena del crimen.

Uno, después de amar cierto fuego, no vuelve a quemar igual. Y ahí estaba yo, mirando las montañas por encima de mis muros, viendo la pasividad de la noche mientras todos dormían, pero el cielo jamás dejó de buscar enamorados, rotos, suicidas y niños, como excusa para durar un segundo más antes de que el amanecer venciera a los inmortales.
Le doy vuelta al amor, porque siempre amé al revés. Amé con perdón y olvidé sin motivo, cuando lo que tuve que hacer era amar con motivo y olvidar con perdón. Te necesité, por eso me costó tanto soltarte la mano. Dejar de acariciarla con mi tacto. Dejar que te fueras sin quemar este contrato de supervivencia. Dejar que, en medio de aquella tormenta, no me concedieras el último baile.

Algo que he comprendido es que los hasta nunca se van asomando al momento que decidimos decorar los exteriores, mientras el jardín interno lo dejamos marchitar: no nos preocupamos de ponerle el sol, de llevarle la lluvia de vez en cuando, de abonarlo con sonrisas y canciones, de girarle su mundo en las cuatro estaciones.

Qué otoño hacía aquella tarde en tus pestañas, podía descifrar el secreto de la eterna juventud. Lucías radiante, como ninguna otra vez. Sonabas un poco herida, mirabas un poco apagada y te sentías un poco invierno.

Qué hermoso jardín eras, mientras más triste, más bello era apreciarte. Los lugares tristes siempre te hacen volver, así ya estés demasiado lejos de ellos, ya sea en tiempo o distancia, siempre vuelves.

Hoy, tras años tratando de amortiguar la caída, decido caer sin piedad ni remordimientos a aquel jardín, aunque ahora sólo queden las espinas, los pétalos marchitos, los troncos de los cerezos, los cadáveres de los pájaros, la fuente sin agua, las bancas oxidadas, la mala hierva sobre los muros y el sol que no para de llover.

He vuelto, tras años de evitar la caída, finalmente la piedra me enamoró. Y hay veces en las que uno tiene que saberse caída, y no siempre equilibrio.