El manipulador narcisista o perverso, te deja atrapado en un círculo tóxico y adictivo. Se ponen la máscara que más les convenga para lograr su objetivo: son buenos, víctimas, brillantes, simpáticos, narcisistas, seductores, de acuerdo a lo que la situación requiera. Si pusiste el control de tu vida en manos de otra persona, cuando éstos se alejan, te quedas vacío.

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El manipulador narcisista o perverso, te deja atrapado en un círculo tóxico y adictivo. Se ponen la máscara que más les convenga para lograr su objetivo: son buenos, víctimas, brillantes, simpáticos, narcisistas, seductores, de acuerdo a lo que la situación requiera. Si pusiste el control de tu vida en manos de otra persona, cuando éstos se alejan, te quedas vacío.

Hay personas que no saben pelear por quien quieren. Y él era una de ellas. Sólo le importaba esa versión agria que despedía cuando estaba conmigo. No logro reconocerme al estar con alguien que su indiferencia me hacía sentir miserable. Eso no es amar. El amor no destruye, sino construye. A veces puentes. Otras veces, un atardecer donde reconstruirnos la mirada. Pero ahora entiendo cuando dicen que el amor es ciego. Y, efectivamente, me puso una venda en los ojos para impedir ver la realidad: que él no me amaba. Que yo era uno más de sus caprichos, que yo representaba un objeto al cual usar, besar y luego desechar.

Pero qué pasa cuando después de todo lo vivido, toca solamente que recordarlo. Tocar la sonrisa de esa fotografía donde sonríe con la fría mano de la nostalgia. A veces quisiera volver. Volver a intentarlo. Pero luego recuerdo que él ni siquiera lo hizo por mí. Y que, cada noche, antes de dormir, pensaba que estaría a mi lado siquiera un infinito, y ahora me doy cuenta que no fue suficiente. Él no fue suficiente.

Qué pasa cuando, al final del día, ya no hay nadie a quien llamar y desahogarse y decirle que no puedes con tu mundo. Y un día te das cuenta de que ese alguien jamás lo sostuvo por ti, sino que eras tú quien se hacía la idea de que lo estaba haciendo.
¡Maldito! ¡¿Por qué no hablaste claro desde el principio?! Yo no estaría esta madrugada escribiéndote. Echándote de menos. Necesitándote. Queriendo que vuelvas y me abraces hasta que me quede dormido. Que con tus frases cortas me hagas la noche un poco más larga.
Lo jodido del recuerdo es que uno siempre recuerda lo bonito de ese alguien, casi siempre se olvida de lo que hizo mal y la razón por la que lloras, y uno tiende a querer olvidarlo todo para no sentir que la piel duele cuando unas manos que antes te tocaban como si fueses una isla virgen, de pronto, dejan de hacerlo.
No te perdono. Aún no. Esta noche te la dedico. Esta noche lleva tu nombre. Esta noche es otra de tantas que me la pasaré llorando encerrado en estas cuatro paredes, que cuando estabas tú, eran mi mundo y no quería salir de él. Debajo de las sábanas podía olvidarme hasta de mi propio nombre.

Si algún día llegas a leer esto (que lo dudo, siempre tuviste excusas para no hacerlo, o se te olvidaba, o no te importaba), quiero que sepas que, así como me hiciste sentir la persona más maravillosa del mundo, también quiero que sepas que yo fui el que me hice a la idea de que tú eras el lindo cuando en realidad eras un monstruo disfrazado de muchas caras bonitas. Y que, espero que el día que te topes con mi recuerdo, tu piel sienta la necesidad de sentir mis manos. De hacerles el amor a tus heridas. Y tengas que conformarte con pensar que un día yo te volteé a ver cuando tú volteabas a ver a otro lado. Que te escuchaba como si fueses mi canción favorita y que ningún atardecer se comparaba con verte desnudo tumbado en la cama. Que eras mi parte favorita de la vida, de la cama y del precipicio, ahí, donde solíamos sentarnos a ver al fondo para ver qué día caíamos.

«Eres».
«Eras».
Cuánto tiempo hay entre ello. Eras mi parte favorita del día. Eres parte de mi olvido.

Un gusto. Besos. Y recuerda: yo siempre estuve para ti cuando tú jamás lo estuviste para mí. Y ahora vienes a buscarme cuando yo ya estoy en otro lugar, en otro tiempo, con alguien más. Y tú te quedaste atorado justo donde me dejaste y de tanto que lloré, florecí.

—¡Oh, mira! ¡Qué rosa más bella!

Y te pinchas el dedo.

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