En el amor, como en la vida, no es “a ver cómo nos va”. Es hacer lo necesario para que nos vaya bien.

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En el amor, como en la vida, no es “a ver cómo nos va”. Es hacer lo necesario para que nos vaya bien.

Entendamos la vida como una rueda de oportunidades en continuo movimiento, lo que no se vive y no se supera, sigue rodando.
La mariposa jamás vuelve a ser oruga. Las tormentas sólo deben ser el impulso para llegar más rápido a destino.

Haz consciencia de tus pensamientos, frena lo que no sume y resignificalos.

👉 TU serás quién quieras ser.

Vuela alimentando caminos, sueños y metas. Haz que las cosas sucedan.

Encontré a una chica que se enamora de cada idiota que le promete estrellas a su oscuridad. Se conforma con los pétalos de las flores que le han regalado a otras, y ella piensa que amor es tener que quedarse donde el otro ya se fue. Permanecer. Cumplir aquello de estaré aquí siempre que lo necesites. No moverse. Está quieta y depende de muchos monstruos y miedos. Está triste, porque lo está. A veces cuando hay media luna sale con su desastre de vida a cantar un poquito, aunque muy afinada no está: ella es feliz. Pero entre esa nostalgia que surge cuando echas de menos lo que ya no puedes tener, encuentra un poco de ese calor que no encuentra en ningunos brazos. Después se lanza a su cama pensando en todos los errores que ha cometido a lo largo de su vida y le brillan los ojos cuando se imagina a ese chico con el que quiere olvidarse un domingo de toda la polilla que ha cogido durante toda la semana. Lo imagina tan perfecto con sus imperfecciones, sus errores y sus malas rachas. Sus granitos, sus arrugas, sus ci cicatrices, sus estrías. Desorientado igual que ella. Perdido igual que ella. A lo mejor es por eso que ninguno de los dos se ha encontrado aún. Porque ambos se están buscando, pero ambos están escarbando en lugares diferentes.

—Hola, ¿quién eres?
—Un huracán.
Y, de repente, él deseó ser sometido a sus vientos.
—¿Y tú?
—Oscuridad.
Y, de repente, ella empezó a brillar.

Algo había hecho bien. Ya no se sentía tan mal, es más, hasta empezaba a dudar de si sus heridas estaban aún abiertas. Y cuando volteó a verlas, esas que sangraban mucho porque eran profundas, en ellas vio lo que nunca había visto: que eran hermosas. Hermosas como la sonrisa que le empezaba a nacer.

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Un comentario »

  1. Estaba pensando en aquellos poemas que te enviaba cada noche, y en cómo luego podíamos hablar de ellos en el almuerzo del siguiente día. Recuerdo cómo ladeabas tu cabello de forma inconsciente, consciente de que así me encantaba verte. Recuerdo tus uñas derruidas por tu estrés natural y tus ocurrencias de niña que me hacían gozar. Te veo en aquel espacio que ahora ocupa la nada, y temo que la nada haga de mí su morada perpetua con cada día que pasa. Estás ahí, sentada en medio del universo que mis sentidos alcanzan a percibir, y Galileo ya es puro cuento, pura farfulla de alguien que ignoraba que cuando tu nacieras el universo al fin encontraría su centro.

    Mis tres comidas diarias las hago contigo, contándole a la nada las cosas que a ti te contaría. Que el trabajo va bien, que cada día hay más plata y la plata no es más que una entelequia que sirve para comprar otras entelequias y mantener estable aquel ego etéreo al que nos han condenado. Que ya no duermo desde que no te doy las buenas noches, y que hay que extirpar el adjetivo “bueno” y sus derivados en género y número a cualquier sustantivo. Ya no hay buenos días, ya no hay buenas noches, ya no hay más que una hilera de eslabones que cual Penélope destejo cada madrugada añorando, en vano, que vuelvas.

    Mis lecturas continúan, pero ya no les saco fotos a las partes que me gustan porque me gustaba más enviártelas, aunque sí imagino diálogos en los que te hablo de lo que leo mientras tú replicas contándome de las nuevas autoras que has leído. Imagino, asimismo, que caminamos por librerías infinitas como las que describiera Borges en uno de los cuentos que sé que te encantan. Imagino que nos gastamos todo lo que llevamos encima en libros y cerveza y comida, y que vamos de cafetería en cafetería y de bar en bar leyéndonos uno al otro los poemas más existenciales de la historia y gastándonos los ojos contemplando aquel silencio que entre nosotros nunca fue incómodo.

    Los proyectos conjuntos también continúan, pero ya no en conjunto sino en la más pertinaz y salvaje soledad. Claro, tú tenías un cerebro delicioso y unas manos de Midas que transformaban cualquier idea mía en algo real y viable. Estoy condenado al regocijo onanista de lo ideal: me revuelco en lo que pienso, pero muy pocas veces puedo cristalizarlo. Así que sí, haré todo aquello que queríamos hacer, pero lo haré a mi ritmo que no le llega ni a los talones al tuyo. Es lo que hay.

    Recuerdo la última vez que me dijiste algo desde el cariño, aunque no lo entendí, pero te diré qué significa para mí decir “te adoro”. La adoración, en esencia, es distinta al amor. Adorar, para mí, viene desde la admiración, el respeto y el cariño. Yo adoro a alguien a quien admiro y con quien puedo competir alimentándome del crecimiento de esa persona. Si esa persona crece, yo también crezco. Entonces, la adoración va de la mano con una complicidad más fuerte que el amor. Antes de vos no he adorado a nadie. A vos te adoro y te amo. Ergo, estoy jodido.

    Imagino que llegas a las dos de la mañana despojada de resentimientos y decidida a despojarme de mis culpas. He aceptado mis errores y he intentado corregirlos. Mi cabeza es una olla de grillos devorándose entre sí, pero he logrado controlarla. Sé que puedo llegar a ser insoportable, y hasta en eso he trabajado para mejorarme a mí mismo, no por vos pero sí gracias a vos. Imagino, igual, que nos despojamos de esas taras mentales que ambos compartimos como otrora compartiéramos la misma cama.

    Nos veo corriendo en un parque y yo acostando haciéndote vídeos y tomándote fotografías. Decías no ser fotogénica, pero tu imagen en mi móvil me parece más exquisita para la vista que La Maja vestida o desnuda. Hay días en los que esos grillos de mi cabeza se confabulan y deciden torturarme con tu recuerdo segundo tras segundo. Entonces, debo abstraerme en el Parnaso de las flores del mal, de otra manera no consigo calmar los temblores que me provoca el síndrome de abstinencia.
    Todo lo que hacía no era otra cosa que un burdo pavoneo para llamar tu atención. Como un león intentando demostrar que su melena es más grande que cualquier otra… pero entiendo que incluso eso fue parte del cúmulo de causas que convergieron en tu decisión de partir. Acepto todas las culpas con la respectiva fe de erratas: donde dices “todo se pudrió”, podría decir “toda basura que se pudre sirve de abono”; donde digo “adiós”, debería decir “te amo”; y donde digo “estaré totalmente solo”, debería decir “estaré solo, con lo que quedó de vos acompañándome a cualquier sitio que fuera a ir”. La vida no puede parar, pero se ha tornado invivible. Hay que seguir, por mí.

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