Sonríe, bonita. Sonríe, bonito. Que este mal tiempo nos ha dejado una lección: seguir bailando aun cuando la tormenta ya se haya alejado.

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Sonríe, bonita. Sonríe, bonito. Que este mal tiempo nos ha dejado una lección: seguir bailando aun cuando la tormenta ya se haya alejado.

Entonces. Entonces. ¿Entonces? ¿Hacia dónde tiramos? ¿Adónde dirigirnos con furia y con esperanza de llegar? ¿Cuál es nuestro camino, nuestra salvación, nuestra felicidad? Esperanzas rotas. Vasos rotos. Corazones rotos. Mundos que colapsan y ni así encuentran encajar en ningún lugar. Qué hermoso me parece no adaptarse a las circunstancias, seguir siendo uno a pesar de lo roto que se encuentre, las personas que sobreviven al alud de maquillaje que la sociedad intenta ponerles por encima de las cicatrices, son las que mejor brillan. Lucen. Y sus colores son los más hermosos. Tú dedícate a escribir, a vivir, a amar, a componerte las piezas rotas, a no encajar en ningún lugar, porque tú eres de esos seres tan únicos y especiales que no necesitan hacerlo, porque tu luz es más fuerte que la de un millón de constelaciones brillando a la vez, que la de un millón de bombas atómicas detonándose al unísono. Bello. Especial. Único. Repite esas palabras siempre que te hagan sentir mal. En tus ojos reside la esperanza del amor; en tus brazos, la de un hogar; en tus manos, el poder de herir o sanar. Eres una caja llena de sorpresas y qué sorpresa se lleva la persona que se arriesga a amarte, porque un día terminará descubriendo que también eres un universo de oscuridad, de cuervos que sacan ojos, de cementerios donde llevas enterradas las ganas de seguir intentándolo, de un infinito frío que sigue enfriándote la mirada siempre que la diriges al futuro. Y que tienes miedo. Y mucho frío. Muchos miedos bajo la piel. Miedo de que un día se vaya quien ha tocado la puerta y le has dado acceso a los lugares más íntimos y remotos de tu ser. Miedo de algún despertar y darte cuenta de que queda menos de lo que quisiste que hubiera más. Y, entonces, tu oscuridad empieza a caminar, a empujarte de nuevo a ese precipicio donde solamente se ve la luna y las miradas volcándose hacia el fondo. Un día, el brillo de una de ellas, fue la que te hizo salir de allí y ser un poquito más feliz.

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