El invierno se ha mudado a sus ojos, ríe en rara ocasión, se le ilumina la cara cuando se enamora y es la estrella fugaz que pasará por tu vida para que comprendas que hay chicas que son pasajeras y toca que echarlas de menos lo que dura una vida en desvanecerse.

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Ella quería ser una estrella
y brillar como Nueva York,
vestir Prada
y comerse el mundo a bocadillos.

Soñaba con ser pianista,
viajar por el planeta,
descubrir rincones,
playas
y taquicardias que desconocía.

Podía ser demasiado tarde
y llegar a tiempo a las citas,
pero era ella quien corría los relojes
y corría detrás de un imposible.

Verla a orillas del mar era la forma más preciosa
de ver el tiempo pasar y que no te importara si mañana te hacías viejo,
o de si mañana llovía o salía el sol.

Todos los poemas tienen un nombre,
pero el suyo,
el que llevaba escrito en su constelación de pensamientos,
donde la mirada se escondía detrás de una estrella,
no tuvo uno
y, de haberlo tenido,
se hubiese llamado:
tormenta busca tornado,
huyendo de la temerosa calma.

Los planetas giraban en su órbita
y estaba perdida porque estaba loca,
y estaba loca porque estaba enamorada
de una galaxia que le sonreía
desde la más profunda oscuridad.

Ojalá sea a mí a quien me mire,
decía.
Y un día dejó de brillar.

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