Cuando no se puede, no se puede. Cuando no se puede, no se puede… y punto. ¿Sabes esas veces en las que todo se tuerce y no puedes hacer nada?

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Cuando no se puede, no se puede. Cuando no se puede, no se puede… y punto. ¿Sabes esas veces en las que todo se tuerce y no puedes hacer nada?

Siento ser el de las malas noticias,
pero me he enamorado de ti,
incluyendo la escala de grises
que predominan en tu horizonte.

Me habían advertido que no debía enamorarme de ti,
porque me la pasaría en una constante caída
y que cuando encontrara la piedra correcta,
ya no sabría caer igual.

Me he enamorado de la forma en la que miras atrás
y te das cuenta de que estás llegando a la meta,
y que, aún así, no consigues ser la que querías ser.
Y un huracán se asoma a la puerta de tu corazón
y desordenada lo que aún quedaba de ese desastre.

—¿Y ese abismo?
—Es mi corazón.

Me quedo con todos tus defectos,
sin ponerles filtro ni efecto,
ni a tus pecas tan preciosas
ni a tus lunares tan utópicos.
Solía mirar a través de la ventana
imaginándote la actriz principal de mi vida,
pero hasta ahora vengo a darme cuenta
de que siempre preferiste ser la que se queda sin nada,
la que prefiere ser la amiga antes que la de los besos bonitos,
la que se queda en el sofá leyendo a Bukowsky
antes de encontrar al Bukoswky de su vida.

Vengo a decirte que,
he decidido que este sea el día,
para dejarte ir.
Me deshago de los nudos que me dejaste en la garganta,
lanzo a las llamas las lágrimas,
me convierto en un héroe de mi propio desastre.
Tomo el mando de esta embarcación
que es mi vida.

Vale, le suelto la mano a tu recuerdo.
Sonrío.
Espero que sonrías al sentir que
las cadenas están rotas.

Mi intuición me dice que no volverás,
pero yo, sin embargo, sigo apostando
a la cuenta regresiva de tus besos,
a tus arañazos a mis plegarias,
implorando ser perdonado con una caricia.

Dime, cielo, ¿cuántas tormentas tendré que
enfrentar para un verano contigo?
Me digo a mí mismo que eres
lo que la primavera intenta explicar
al mundo con sus flores, sus colores y sus aromas.

Y caigo en la tentación de abrir de nuevo el cajón
y abrazar aquella fotografía donde segundos antes
me gritaste idiota y maldecías el día que me conociste.
Y yo te di un beso en señal de que siempre cometería tonterías,
pero que tú seguirías siendo mi tontita favorita.

Te mordía los labios cuando maldecías
y te arrancaba la piel a besos,
la ropa en el suelo
y los pies sobre las nubes.
La noche temió a la eternidad
cuando nos vio resistiéndonos a la
inercia conductual de un sistema retrógrada
que concluía que dos como nosotros
jamás serían uno.
Pero es que dos como nosotros
jamás restaríamos,
al contrario,
siempre sumábamos,
incluso nos multiplicábamos al ritmo de las estrellas
a medida que la oscuridad despierta.

Ojalá el tiempo te cure de mí, me decías mientras
abrías la puerta de un universo totalmente distinto.
Y hoy en día él solamente me ha mostrado
lo que yo ya sabía de memoria desde tu partida:
es decir,
que te echaría de menos,
incluso cuando la noche quemara
tanto o peor que el infierno.

Hay rincones a los que caminamos con la mente en blanco,
sin darnos cuenta de que los conocemos de memoria.
Igual me pasó contigo.
Te encuentro en cada chica a la que miro,
sin darme cuenta de que tú
siempre estarás en cualquier canción,
verso
o suspiro.

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