Hay lazos invisibles entre ciertas almas, que ni el tiempo, las circunstancias ni la distancia, pueden quebrarlos.

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Hay lazos invisibles entre ciertas almas, que ni el tiempo, las circunstancias ni la distancia, pueden quebrarlos.

Mi intuición me dice que no volverás,
pero yo, sin embargo, sigo apostando
a la cuenta regresiva de tus besos,
a tus arañazos a mis plegarias,
implorando ser perdonado con una caricia.

Dime, cielo, ¿cuántas tormentas tendré que
enfrentar para un verano contigo?
Me digo a mí mismo que eres
lo que la primavera intenta explicar
al mundo con sus flores, sus colores y sus aromas.

Y caigo en la tentación de abrir de nuevo el cajón
y abrazar aquella fotografía donde segundos antes
me gritaste idiota y maldecías el día que me conociste.
Y yo te di un beso en señal de que siempre cometería tonterías,
pero que tú seguirías siendo mi tontita favorita.

Te mordía los labios cuando maldecías
y te arrancaba la piel a besos,
la ropa en el suelo
y los pies sobre las nubes.
La noche temió a la eternidad
cuando nos vio resistiéndonos a la
inercia conductual de un sistema retrógrada
que concluía que dos como nosotros
jamás serían uno.
Pero es que dos como nosotros
jamás restaríamos,
al contrario,
siempre sumábamos,
incluso nos multiplicábamos al ritmo de las estrellas
a medida que la oscuridad despierta.

Ojalá el tiempo te cure de mí, me decías mientras
abrías la puerta de un universo totalmente distinto.
Y hoy en día él solamente me ha mostrado
lo que yo ya sabía de memoria desde tu partida:
es decir,
que te echaría de menos,
incluso cuando la noche quemara
tanto o peor que el infierno.

Hay rincones a los que caminamos con la mente en blanco,
sin darnos cuenta de que los conocemos de memoria.
Igual me pasó contigo.
Te encuentro en cada chica a la que miro,
sin darme cuenta de que tú
siempre estarás en cualquier canción,
verso
o suspiro.

Querida, Ana,
ojalá el tiempo jamás borre mis besos de tu piel
como el viento borra las huellas de la playa.
Pero a quién quiero engañar:
si el tiempo hace lo mismo que el viento:
se lleva hasta el último gramo de arena.
Hasta el más fuerte amor.

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