Firmamos un contrato: Hay que cumplirlo.

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Firmamos un contrato: Hay que cumplirlo.

Después de este tiempo, he descubierto tanto de mí.

Le di una oportunidad a gente que quería conocerme a fondo. Escuché música que dije que nunca escucharía. Me enamoré de la sonrisa de Julia Roberts. Leí muchos libros, vi muchas series, películas, amaneceres. Fotografié muchos atardeceres en lugares diferentes. Uno tras otro. Besé por primera vez a un chico. Evité discusiones con gente racista y homofóbica, ya que comprendí que de nada sirve empezar un debate con gente que tiene la mente cuadrada. Abracé a muchas chicas, en especial a una que tiene un carisma demencial. Borré unos cuantos recuerdos, quemé unas cuantas fotografías y saqué de mi vida a unas cuantas personas. Olvidé. Formateé el disco duro de mi vida. Limpié la tristeza con lágrimas, sudor y mar.

Murió el octavo gato que he amado en mi vida, quedando solamente el último gato en mi mundo. Cada uno de ellos me representaba en cierta medida, aunque Plutón, el que murió, tenía tanto de mí. A veces tan amoroso, otras veces rasguñaba profundo. Todas las mañanas era el único, porque el Menino Pecosín es perezoso, de recibirme con un ronroneo, con un roce. Se levantaba a la misma hora que yo ponía el pie izquierdo sobre el helado suelo. Miraba al alba como yo miro el atardecer. Pero un día ya no estaba. Desperté y no lo veía ahí, ya no trataba de alejarlo de mí cuando estaba de mal humor, ya no estaba ahí para levantarlo con mis manos y posarlo sobre mi pecho-hombro. Un día nadie se levantó conmigo.

Hice correcciones, miré en retrospectiva, cambié algunos aspectos de mí, hice un borrón y sonrisa nueva, modifiqué algunas conductas, tratos y actitudes.

Me descubrí a mí mismo despidiéndome de lo que echaba de menos por años, deshice nudos que en mi garganta no combinaban y, en cambio, me lancé desde décimo séptimo piso de mis miedos.

Dejé atrás los miedos, inseguridades, timideces, egos, orgullos y todas las barbaridades que me imposibilitaban de ser el que quería ser.

Así como los pájaros regresan a su nido, independientemente de cuánto horizonte haya por delante. Yo regreso a mi refugio, yo regreso a ti.

La historia más bonita que conozco son dos labios que se buscan con necesidad de encontrarse a mitad de un beso, mientras fuera no para de llover, ni de relampaguear. He encontrado la certeza del valiente cuando ya ha disparado todos sus te quiero y han dejado manchada la escena del crimen.

Uno, después de amar cierto fuego, no vuelve a quemar igual. Y ahí estaba yo, mirando las montañas por encima de mis muros, viendo la pasividad de la noche mientras todos dormían, pero el cielo jamás dejó de buscar enamorados, rotos, suicidas y niños, como excusa para durar un segundo más antes de que el amanecer venciera a los inmortales.
Le doy vuelta al amor, porque siempre amé al revés. Amé con perdón y olvidé sin motivo, cuando lo que tuve que hacer era amar con motivo y olvidar con perdón. Te necesité, por eso me costó tanto soltarte la mano. Dejar de acariciarla con mi tacto. Dejar que te fueras sin quemar este contrato de supervivencia. Dejar que, en medio de aquella tormenta, no me concedieras el último baile.

Algo que he comprendido es que los hasta nunca se van asomando al momento que decidimos decorar los exteriores, mientras el jardín interno lo dejamos marchitar: no nos preocupamos de ponerle el sol, de llevarle la lluvia de vez en cuando, de abonarlo con sonrisas y canciones, de girarle su mundo en las cuatro estaciones.

Qué otoño hacía aquella tarde en tus pestañas, podía descifrar el secreto de la eterna juventud. Lucías radiante, como ninguna otra vez. Sonabas un poco herida, mirabas un poco apagada y te sentías un poco invierno.

Qué hermoso jardín eras, mientras más triste, más bello era apreciarte. Los lugares tristes siempre te hacen volver, así ya estés demasiado lejos de ellos, ya sea en tiempo o distancia, siempre vuelves.

Hoy, tras años tratando de amortiguar la caída, decido caer sin piedad ni remordimientos a aquel jardín, aunque ahora sólo queden las espinas, los pétalos marchitos, los troncos de los cerezos, los cadáveres de los pájaros, la fuente sin agua, las bancas oxidadas, la mala hierva sobre los muros y el sol que no para de llover.

He vuelto, tras años de evitar la caída, finalmente la piedra me enamoró. Y hay veces en las que uno tiene que saberse caída, y no siempre equilibrio.

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