Archivos Mensuales: abril 2017

Firmamos un contrato: Hay que cumplirlo.

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Firmamos un contrato: Hay que cumplirlo.

Después de este tiempo, he descubierto tanto de mí.

Le di una oportunidad a gente que quería conocerme a fondo. Escuché música que dije que nunca escucharía. Me enamoré de la sonrisa de Julia Roberts. Leí muchos libros, vi muchas series, películas, amaneceres. Fotografié muchos atardeceres en lugares diferentes. Uno tras otro. Besé por primera vez a un chico. Evité discusiones con gente racista y homofóbica, ya que comprendí que de nada sirve empezar un debate con gente que tiene la mente cuadrada. Abracé a muchas chicas, en especial a una que tiene un carisma demencial. Borré unos cuantos recuerdos, quemé unas cuantas fotografías y saqué de mi vida a unas cuantas personas. Olvidé. Formateé el disco duro de mi vida. Limpié la tristeza con lágrimas, sudor y mar.

Murió el octavo gato que he amado en mi vida, quedando solamente el último gato en mi mundo. Cada uno de ellos me representaba en cierta medida, aunque Plutón, el que murió, tenía tanto de mí. A veces tan amoroso, otras veces rasguñaba profundo. Todas las mañanas era el único, porque el Menino Pecosín es perezoso, de recibirme con un ronroneo, con un roce. Se levantaba a la misma hora que yo ponía el pie izquierdo sobre el helado suelo. Miraba al alba como yo miro el atardecer. Pero un día ya no estaba. Desperté y no lo veía ahí, ya no trataba de alejarlo de mí cuando estaba de mal humor, ya no estaba ahí para levantarlo con mis manos y posarlo sobre mi pecho-hombro. Un día nadie se levantó conmigo.

Hice correcciones, miré en retrospectiva, cambié algunos aspectos de mí, hice un borrón y sonrisa nueva, modifiqué algunas conductas, tratos y actitudes.

Me descubrí a mí mismo despidiéndome de lo que echaba de menos por años, deshice nudos que en mi garganta no combinaban y, en cambio, me lancé desde décimo séptimo piso de mis miedos.

Dejé atrás los miedos, inseguridades, timideces, egos, orgullos y todas las barbaridades que me imposibilitaban de ser el que quería ser.

Así como los pájaros regresan a su nido, independientemente de cuánto horizonte haya por delante. Yo regreso a mi refugio, yo regreso a ti.

La historia más bonita que conozco son dos labios que se buscan con necesidad de encontrarse a mitad de un beso, mientras fuera no para de llover, ni de relampaguear. He encontrado la certeza del valiente cuando ya ha disparado todos sus te quiero y han dejado manchada la escena del crimen.

Uno, después de amar cierto fuego, no vuelve a quemar igual. Y ahí estaba yo, mirando las montañas por encima de mis muros, viendo la pasividad de la noche mientras todos dormían, pero el cielo jamás dejó de buscar enamorados, rotos, suicidas y niños, como excusa para durar un segundo más antes de que el amanecer venciera a los inmortales.
Le doy vuelta al amor, porque siempre amé al revés. Amé con perdón y olvidé sin motivo, cuando lo que tuve que hacer era amar con motivo y olvidar con perdón. Te necesité, por eso me costó tanto soltarte la mano. Dejar de acariciarla con mi tacto. Dejar que te fueras sin quemar este contrato de supervivencia. Dejar que, en medio de aquella tormenta, no me concedieras el último baile.

Algo que he comprendido es que los hasta nunca se van asomando al momento que decidimos decorar los exteriores, mientras el jardín interno lo dejamos marchitar: no nos preocupamos de ponerle el sol, de llevarle la lluvia de vez en cuando, de abonarlo con sonrisas y canciones, de girarle su mundo en las cuatro estaciones.

Qué otoño hacía aquella tarde en tus pestañas, podía descifrar el secreto de la eterna juventud. Lucías radiante, como ninguna otra vez. Sonabas un poco herida, mirabas un poco apagada y te sentías un poco invierno.

Qué hermoso jardín eras, mientras más triste, más bello era apreciarte. Los lugares tristes siempre te hacen volver, así ya estés demasiado lejos de ellos, ya sea en tiempo o distancia, siempre vuelves.

Hoy, tras años tratando de amortiguar la caída, decido caer sin piedad ni remordimientos a aquel jardín, aunque ahora sólo queden las espinas, los pétalos marchitos, los troncos de los cerezos, los cadáveres de los pájaros, la fuente sin agua, las bancas oxidadas, la mala hierva sobre los muros y el sol que no para de llover.

He vuelto, tras años de evitar la caída, finalmente la piedra me enamoró. Y hay veces en las que uno tiene que saberse caída, y no siempre equilibrio.

Los años no nos deberían de hacer más duros, sino más fuertes. Hay una gran brecha entre no sentir y saber cuándo sentir.

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Los años no nos deberían de hacer más duros, sino más fuertes. Hay una gran brecha entre no sentir y saber cuándo sentir.

Hoy soy más valiente de lo que creía ser,
Me arranco mis pétalos y se los doy de comer a mis nueve gatos,
Arrojo mis corazas a los siete vientos
Y soy yo el que persigue la policía por abuso de metanfetaminas.

Llevo la droga bajo la sonrisa
Y me escapo al paraíso siempre que te miro sonreír,
El alcoholímetro marca que estoy al límite de ser feliz
Y miro a los lados y te tomo la mano.
Me aferro a tus costas como aquel marinero que pone su vida en manos de la manea a mitad de la tormenta.

Soy la noticia de puta madre que llega a sacudirte la tristeza
y te da la oportunidad de mirar lo que te acompaña
antes de que lo pierdas.

A veces pienso que tengo alma de prostituta,
No me importa quién cojones venga a decirme
Qué es lo correcto y de quién debo salvarme.
Soy tan libre como mío.
Soy tan real como ver cómo el dolor se masturba viéndome reír.

Me importa más saber quién soy
Que saber cuál es mi reputación en otras bocas.
Que lo mío es andar de boca en boca
sabiendo que en alguna he de caer.

Estoy a un paso de besarte
y aún así no le temo al abismo,
me he acostumbrado al cataclismo
que reside en verte siendo paisaje.
¡Qué hermoso poema eres,
joder, no me canso de leerte!

Ya me lo habían advertido de que tú
eras chica de alma animal,
que eres capaz de domar a los leones con una mirada
y enjaularlos con un beso.

Soy mala hierba,
no me importa cuántos muros me construyan,
porque yo sabré subir sobre ellos
y alzar la mirada donde las margaritas se conforman
con mirar al cielo.

Si no hay claridad, huye de ahí. Aprende a sostener el vacío de caminar sin lo tóxico. Es preferible sufrir un tiempo a que te duela toda la vida. Hay vacíos que duelen.

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Si no hay claridad, huye de ahí. Aprende a sostener el vacío de caminar sin lo tóxico. Es preferible sufrir un tiempo a que te duela toda la vida. Hay vacíos que duelen.

Hoy me siento más inmortal que nunca,
¡Joder! Qué sonrisa la que me cargo por la calle.
Hoy comprendo que ser eterno sólo basta
sentirse a gusto con uno mismo
y que los demás queden en tercera pestaña.

Hoy le prendo fuego a los folios donde le escribí a la tristeza,
he quemado cartas,
he cruzado ríos en busca del océano,
he atravesado con un cuchillo los corazones que me han regalado,
he desnudado la valentía y la he masturbado públicamente
y he eyaculado sobre aquellos cobardes que dicen ser valientes
sin haberle dado una nueva oportunidad al amor.

Desde que decidí ser Chico Sad
me apasiona el peligro,
la velocidad,
la adrenalina de besar desconocidos,
las ganas de decirle al mundo que ya no me importa si arde,
pero que, por favor, no me arrastre con sus cenizas.

Me cansé de ser llama,
de quemar,
de que roben mis piezas
y las tiren bajo un puente,
de que mis margaritas sean siempre
las que deshojen para la incertidumbre,
el miedo,
el egoísmo.

Me cansé de suicidarme cada cierto tiempo.
De ser toneladas de cariño con gente que es quintal de llanto.
Ya no quiero equilibrios,
busco lo inestable,
porque se ve mejor,
se siente mejor
y se pasa de puta madre.

¡Fuera!
No te quiero más en mi vida.
Sal de aquí
y no me cierres la puerta,
que estoy esperando
a más gente para cenar
en medio de velas
y copas de vino.
Celebrar que estamos aquí,
que estamos siendo los mejores.
Que este es nuestro tiempo,
porque de joven sólo se muere una vez.
Y es cuando decides reprochar la rebeldía y la locura.

Este es mi lugar,
este, mi terreno de juego
y sólo yo decido quiénes son mis peones
porque este día me conmemoran Rey.

Hay lazos invisibles entre ciertas almas, que ni el tiempo, las circunstancias ni la distancia, pueden quebrarlos.

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Hay lazos invisibles entre ciertas almas, que ni el tiempo, las circunstancias ni la distancia, pueden quebrarlos.

Mi intuición me dice que no volverás,
pero yo, sin embargo, sigo apostando
a la cuenta regresiva de tus besos,
a tus arañazos a mis plegarias,
implorando ser perdonado con una caricia.

Dime, cielo, ¿cuántas tormentas tendré que
enfrentar para un verano contigo?
Me digo a mí mismo que eres
lo que la primavera intenta explicar
al mundo con sus flores, sus colores y sus aromas.

Y caigo en la tentación de abrir de nuevo el cajón
y abrazar aquella fotografía donde segundos antes
me gritaste idiota y maldecías el día que me conociste.
Y yo te di un beso en señal de que siempre cometería tonterías,
pero que tú seguirías siendo mi tontita favorita.

Te mordía los labios cuando maldecías
y te arrancaba la piel a besos,
la ropa en el suelo
y los pies sobre las nubes.
La noche temió a la eternidad
cuando nos vio resistiéndonos a la
inercia conductual de un sistema retrógrada
que concluía que dos como nosotros
jamás serían uno.
Pero es que dos como nosotros
jamás restaríamos,
al contrario,
siempre sumábamos,
incluso nos multiplicábamos al ritmo de las estrellas
a medida que la oscuridad despierta.

Ojalá el tiempo te cure de mí, me decías mientras
abrías la puerta de un universo totalmente distinto.
Y hoy en día él solamente me ha mostrado
lo que yo ya sabía de memoria desde tu partida:
es decir,
que te echaría de menos,
incluso cuando la noche quemara
tanto o peor que el infierno.

Hay rincones a los que caminamos con la mente en blanco,
sin darnos cuenta de que los conocemos de memoria.
Igual me pasó contigo.
Te encuentro en cada chica a la que miro,
sin darme cuenta de que tú
siempre estarás en cualquier canción,
verso
o suspiro.

Querida, Ana,
ojalá el tiempo jamás borre mis besos de tu piel
como el viento borra las huellas de la playa.
Pero a quién quiero engañar:
si el tiempo hace lo mismo que el viento:
se lleva hasta el último gramo de arena.
Hasta el más fuerte amor.

Cada uno de nosotros esconde lo que más aprecia como puede y como sabe. La parte más bella y profunda de nosotros mismos no puede ser accesible a todos, porque si lo fuera no tendría ni peso ni valor.

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Cada uno de nosotros esconde lo que más aprecia como puede y como sabe. La parte más bella y profunda de nosotros mismos no puede ser accesible a todos, porque si lo fuera no tendría ni peso ni valor.

A veces, decir NO a los demás, es decirte SI a ti mismo.

Salud mental es saber alejarse de las personas tóxicas. Quedarte en un lugar (real o emocional) que no quieres por temor al rechazo sólo hace que refuerces tu herida (necesidad de aprobación), resquebrajes tu autoestima y te envíes a ti mismo el mensaje de que “mereces eso y que no vales lo suficiente”.

Considerando la triste decisión que tomó un joven de 20 años ayer, al suicidarse para rehuir de su infierno personal, quiero recordarles con mucho cariño a todos mis conocidos, amigos, completos desconocidos que tengo en las redes sociales, etc…:
Mi puerta siempre estará abierta para cualquiera de mis amigos , familia o cualquier persona que necesite hablar. Háblame por privado sin más, sin vergüenza. Sufrir en silencio no es una demostración de fuerza. Tengo café e infusiones, ganas de escuchar y buena música para alegrar el ambiente. Podemos comer o beber algo, siempre tengo algo dulce o un chiste para animar y, por supuesto, siempre podréis contar con un hombro y un oído amigo. ¡¡¡Todos son siempre bienvenidos!!!

Quien vigila el viento nunca va a sembrar. El perfeccionismo siempre paraliza. Hay momentos donde a la extrema precaución hay que ponerla en un cohete y pegar un salto.

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Quien vigila el viento nunca va a sembrar. El perfeccionismo siempre paraliza. Hay momentos donde a la extrema precaución hay que ponerla en un cohete y pegar un salto.

Cuando el sabio señala la luna, el necio se queda mirando el dedo.

Yo soy de las que no disfruta escribiendo sino después de haber escrito. Como mujer me empodera. Me siento bien cuando el trabajo ya está hecho y los resultados son dignos. Dignos de mí. Dignos si los leyera del puño y letra de otra persona. Entonces, sí. Siento que merece la pena. Me regodeo en ese placer de haber concluido un trabajo bien hecho, de haber construido unos personajes que han cobrado vida y me superan, de componer una historia mágica que es capaz de hacer viajar a otros mundos, de ser lo suficientemente honesta como para cagarme encima de los valores establecidos públicamente, para adorar la sexualidad como medio de expresión, para hablar claro y de frente.

Pero hasta entonces escribir es algo extremadamente doloroso, sufrido e infernal. Se me hace insoportable y no me soporto. Me convierto en una especie de monstruo devorador que se engulle a si mismo y se autolesiona emocionalmente. Siento displacer absoluto. Escribo forzada y a trompicones. Me siento torpe como un elefante, arramplando con todo, metido en una casa de muñecas.

Yo no recuerdo un instante concreto en el que decidiera dedicarme a esto. Fue una cúmulo de sensaciones que se amalgamaron en el tiempo. Una intuición espinosa que se me clavó dentro y sangraba a gritos que este era mi camino de baldosas amarillas. Una voz rota que me susurra que ya no hay vuelta atrás y me echa su aliento de muerte en la nuca. Es una putada porque efectivamente no hay vuelta atrás. Puedo intentar evadirme aprovechando cualquiera de los millones de estímulos que esta vida, tan mágica como puta, me pone delante cada día, pero siempre volverá esa certeza con forma de culpa a recordarme que estoy perdiendo el tiempo porque lo que realmente debería estar haciendo es escribir. Porque desde ahí es desde dónde combato. Porque los folios son mi campo de batalla y las palabras palabras. Porque no necesito armas teniendo argumentos. Porque yo soy mi propia arma.

Porque tengo talento. Porque soy buena en lo que hago. Porque me entrego en carne viva a la vida. Porque soy pura entraña. Porque soy un volcán. Porque lo doy todo. Porque me apasiono. Porque tengo una mirada peculiar sobre las cosas. Porque tengo mucho que decir. Porque mi opinión es única. Porque solo yo puedo crear los mundos que creo. Porque sé darle la vuelta a las cosas. Porque mi mundo interior es fértil y merece ser compartido. Porque solo yo puedo escribir como yo escribo. Porque este mundo merece leerme. Porque he de convivir con el instinto de muerte. Porque lo llevo dentro. Porque escribiendo soy realmente yo. Porque es mi lucha. Porque soy mujer y tengo que alzar la voz. Porque escribir es para mi como el feminismo: una cuestión vital que está a medio camino entre la obligación y la satisfacción. Me pertenecen.

Y esto es lo que hay y debo aceptarlo. Mejor cuanto antes. Para dejar de perder el tiempo y empezar a ganarlo. Para dejar de sentir que no tiene sentido tanto esfuerzo porque hay que esforzarse mucho siendo mujer. Para dejar de anhelar comerme la vida a mordiscos y empezar a comérmela. Para dejar de jugar a juegos que nada me aportan y empezar a inventar yo las reglas del juego. Para empezar a divertirme haciendo caer las máscaras y así no sentir que todo es falso. Para dejar de mentir y ser de verdad. Para dejar de necesitar sabiendo que lo tienes todo.

Para escribir no iría ni de aquí a la esquina y me iría hasta el fin del mundo Es igual el sosiego rural que el bullicio de la naturaleza o la distracción de la ciudad. Da lo mismo lo lejos que vaya en busca del espacio perfecto para escribir. La perfección no existe y es un alivio. Gracias a eso puedo seguir escribiendo.

Hay momentos de la vida donde serás el piloto y otros el copiloto. Momentos donde hay que accionar y otros donde hay que soltar y dejar que las cosas sucedan. Pero tarde o temprano, todo pasa, todo llega y todo se acomoda en el lugar que corresponde (aunque a veces ese lugar no te guste, recuerda que el propósito siempre está).

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Hay momentos de la vida donde serás el piloto y otros el copiloto. Momentos donde hay que accionar y otros donde hay que soltar y dejar que las cosas sucedan. Pero tarde o temprano, todo pasa, todo llega y todo se acomoda en el lugar que corresponde (aunque a veces ese lugar no te guste, recuerda que el propósito siempre está).

A veces todo tu problema radica en que tu mente corre más rápido que la realidad. Respira y agradece. La gratitud es detenerse para tomar consciencia de toda la abundancia que ya tienes. La gratitud es llave de milagros.

Cuando eres joven y atraviesas la adolescencia o la etapa de los veintitantos, la vida trae muchos altibajos que simplemente te dejarán exhausto. Muchas veces no querrás salir de la cama, otras veces estarás de lo más extasiado porque conociste a una persona especial, en otras ocasiones cumplirás muchos de los objetivos que tenías (viajarás, trabajarás en lo que te gusta, vivirás solo por primera vez, encontrarás cosas nuevas y agradables, harás nuevos hobbies, conocerás a mucha gente que cambiará tu vida…), de vez en cuando te preguntarás hacia dónde se dirige tu vida y querrás bajarte del tren, pero ¡OYE!, deberías estar agradecido de seguir aquí, de seguir vivo y que puedes pasar por estas experiencias.
Si estás pasando por alguna clase de crisis, no te desanimes, no seas un idiota pesimista y no te des por vencido. Alguien alguna vez dijo “si hoy fue el peor día de tu vida, eso quiere decir que mañana será mejor”.
Sonríe a la jodida vida, porque solamente se vive una vez. Ama, grita, canta, llora, abraza, escribe, pinta, corre, viaja, baila, come, haz todo lo que tengas por hacer, todo lo que sientas que debe salir de tu pecho y no te guardes nada. Estás aquí disfrutando de una vida que le fue privada a muchas personas… por favor, no la desperdicies.