Archivos Mensuales: mayo 2016

Después de haber soltado cierta mano, uno jamás vuelve a agarrar igual.

Estándar
Después de haber soltado cierta mano, uno jamás vuelve a agarrar igual.

Respeto:

Siempre habrá más heridas que sonrisas que recordar, porque si nos ponemos a contabilizar lo nuestro en la vida, acabaremos perdiendo la cuenta de las veces que nos han rasgado algo más que piel.

Hace domingo en tu vida, pero en la mía aún es aquel día. Ya no recuerdo si es martes por la tarde o sábado por la noche. Hay sucesos donde te quedas a vivir por tiempo indefinido y algunas personas te pregunta por qué, pero dudo que alguien que no haya estado en tu lugar sepa entender que a veces no es uno el que se queda porque quiere, sino que hay algo que aún te toma de la mano desde aquel momento, lugar o persona. Cuánta distancia hace entre hoy y de donde estuvimos hace unos años. Cuánto hemos cambiado la forma de ver las cosas, cuánto hemos comprendido la vida y qué alto es el precio de la felicidad.

Aún no hemos platicado del futuro que encandila nuestra mirada, pero soy de los chicos que prefieren vivir y a ver qué pasa mañana: me gusta sorprenderme, emocionarme, coger aliento tras un fuerte dolor de panza de tanto reír contigo. Me gusta cuando las pequeñas cosas hacen a las grandes personas. Esas que saben lo que tienen cuando lo tienen, no cuando ha desaparecido y queda la sensación de que fue un fantasma que nunca existió.

A mi ventana llegan muchos de mis fantasmas. Fui ciego, lo acepto. ¿Pero cómo no iba a serlo si una luz como la tuya se asomó por donde el sol me sale por las mañanas? Desde entonces fue que preferí el brillo de tu sonrisa, que los rayos de él. Da igual, muchas sonrisas tienen radiación.

Una de las cosas que nos causa sufrimiento innecesario es cuando intentamos forzar a los demás a ser o pensar como nosotros queremos. El gran desafío para nuestro ego es aceptar al otro con su esencia, sus luces y sombras. Si no hay cambios o no se logra tolerar, quizá sea tiempo de decisiones.

Estándar
Una de las cosas que nos causa sufrimiento innecesario es cuando intentamos forzar a los demás a ser o pensar como nosotros queremos. El gran desafío para nuestro ego es aceptar al otro con su esencia, sus luces y sombras. Si no hay cambios o no se logra tolerar, quizá sea tiempo de decisiones.

Si tuviera que emplear una sola palabra para definir lo que soy, sin duda usaría “contradicción”. Soy contradicción constante (o inconstante): hay días en que me levanto de tan buen ánimo, que me intereso por hacer un mundo mejor; otros días, en cambio, me levanto con un ánimo tan de a mierda, que lo único que quiero es matar a todo el mundo y suicidarme en el acto. Odio los domingos, pero hay domingos que me saben a viernes y viernes tan tétricos que me saben a domingos. Me debato entre la soledad absoluta y la compañía sobrante… Soy contradicción, a veces soy un pobre diablo más, y otras veces me siento el puto rey del mundo. De carácter fuerte siempre, pero muy abierto con quien se lo merece. Soy contradicción y me encanta serlo.

Los viernes sirven para que uno se destruya por completo y vuelva a construirse desde sus escombros.

Procesar el duelo por lo que se fue es triste, pero transitar el camino de lágrimas por lo que nunca ocurrió es peor. El amor ilusorio hiela el alma y es distorsión de la realidad. El buen amor es ida y vuelta y se conjuga en plural.

Estándar
Procesar el duelo por lo que se fue es triste, pero transitar el camino de lágrimas por lo que nunca ocurrió es peor. El amor ilusorio hiela el alma y es distorsión de la realidad. El buen amor es ida y vuelta y se conjuga en plural.

Confesiones de un hombre nada ejemplar (Primera parte)

¿Qué carajo implica ser un hombre ejemplar? Obvio: estar dentro de los estándares sociales de lo considerado aceptable para la moral y las buenas costumbres. Es decir, nunca serán hombres ejemplares los drogadictos, los alcohólicos, los homosexuales, las putas, los mujeriegos, ni todos esos seres que no están dispuestos a formar una familia, tener hijos, perros y todas las demás mierdas que entran en el estándar del “hombre promedio”. No me meto a hablar de la “mujer promedio” y las mujeres nada ejemplares, porque las primeras no son mi tipo y porque hablar de las segundas caería en el campo de las confesiones sexuales.

Cuando niño, en todos lados me decían que el éxito de la vida está en lograr ser una persona ejemplar. Nunca entendí lo que querían decir con eso, y gracias a que nunca lo entendí siempre he hecho lo que me han mandado mis vísceras. Entonces, cabe decir que de niño no decía lisuras. Eran un buen chico a quien sus padres habían educado de la mejor forma posible. Me asustaba cuando alguno de mis compañeros de escuela decía “puta”, o cuando en la calle o en los buses escuchaba la palabra “verga”. Si alguno de mis amigos más próximos decía alguna “mala” palabra, de inmediato rompía lazos con él y no volvía a hablarle sino hasta después de varios días. En pocas palabras: era un completo marica.

De la misma manera, escuchaba e intentaba ser lo que los adultos llamaban “persona ejemplar”, fallando siempre en el intento. Me ganaban las ganas de hacer lo prohibido, de hacer todas esas cosas que decían que no debía hacer: subirme a los techos con riesgo de muerte, desvelarme para ver pornografía en la T.V., dormir tarde, despertarme después de las 10:00 a.m., comer chocolates hasta obtener como premio una diarrea mundial, etc.; ya en la preadolescencia y en la adolescencia: los primeros cigarrillos, las primeras cervezas, las primeras pajas, las primeras manos sudadas, los primeros coños, y los últimos cargos de conciencia. Me rompí. En aquella época en la que todos deciden entre la juerga absoluta para llegar al hastío y después ser personas ejemplares, yo decidí racionar la juerga a lo largo de toda mi vida para jamás llegar a ser un hombre ejemplar. Así es, mandé a la mierda eso de ser un ciudadano honorable, so pena de ser considerado un paria por todos aquellos que se pegan en el culo un cartel de “persona ejemplar”.

Mis familiares y mis jefes siempre me han recalcado que debo ser un hombre ejemplar, ya que detrás de lo que hago hay un montón de gente tomándome como ejemplo; a lo que siempre he respondido, medio en broma medio en serio, que deberían tomarme más como mal ejemplo, ya que me importa un carajo cuidar mis pasos para que el resto no cometa errores. Lo más rico de la vida es cometer errores y salir vivo de la hazaña.

Puedo ser ejemplo académico, nada más, porque me gusta aprender, las notas siempre me han tenido sin cuidado, pero nunca me he despreocupado del conocimiento… que mientras más crece más pequeño parece. Puedo ser ejemplo de pasión excesiva por algo: la literatura, lo demás me vale un carajo. En el resto de facetas de la vida soy un fracaso según el mazo de los jueces del sentido común. El dinero me tiene sin cuidado, nunca me muero de hambre y nunca me doy lujos excesivos: vivo al día. Sobre el alcohol y otras drogas: amo la cerveza y de vez en cuando me desmando dos días seguidos, entre drogas corporales y drogas naturales. En las relaciones sentimentales: ya he comprobado tantas veces que no estoy hecho más que para los amores efímeros, platónicos y constantemente esporádicos, ya que en general soy yo quien caga lo que cualquier mujer intenta construir conmigo… y estoy orgulloso de cagarla; siempre me presento como un incompetente amoroso, para que sea la mujer en cuestión quien asuma las consecuencias de intentar algo conmigo. No me veo levantándome a las siete de la mañana para llevar a unos bastardos que nacieron de mis testículos a la escuela. Tampoco me veo entrando en una iglesia a decir unos votos que no cumpliré.

Exacto. No puedo ser un hombre ejemplar porque no me da la gana de serlo. Es más rico ser un hombre libre.

Importante es aprender a tenernos antes de abrirnos a compartir en plenitud con otros. Quien sabe lo que merece, libera la ansiedad y espera en la certeza a que el momento se dé.

Estándar
Importante es aprender a tenernos antes de abrirnos a compartir en plenitud con otros. Quien sabe lo que merece, libera la ansiedad y espera en la certeza a que el momento se dé.

La llamaré Cactus. Como una planta hiriente y a la vez inofensiva si no la tocas. Pero hay quien la abrazó en su momento y no le importó llevar sus espinas como recuerdo. O como lección de no abrazar lo que te hace daño.

Un día se fue de sí y jamás volvió. Porque hay viajes de los cuales uno jamás regresa: a veces de algún abrazo, otras veces de alguna despedida. O de un último beso. Y si logras regresar, jamás vuelves completo, porque en aquel preciso momento te dejaste en el otro, sin importar si él llevase toda su vida tus espinas.

Recuerdo que sonaba Radiohead cuando se rompió y el atardecer no dejaba de sonreírle, y de su mirada perdida jamás regresó siendo la misma desde entonces.

“You’re just like an angel, your skin makes me cry”.

Y me dijo:

Yo sólo he buscado la forma más simple de amar la vida, pero cómo amas lo que jamás sentiste, lo que jamás viviste, abrazaste, que ni siquiera viste sus colores. Dime cómo.

He estado viviendo sola la mayor parte de mi vida y ni siquiera me importa, pero es que llega un momento en el que quieres que alguien, tan siquiera una vez en la vida, te diga que has parado su mundo, que lo has puesto boca bajo. Alguien que no se ahogue cuando te piensa ni que se muera cuando estés dentro de él. Alguien que quiera pasar todos sus domingos a tu lado.

Ben, yo sólo he querido ser feliz en un intento fallido. Colorearle los días a alguien, quedarme tumbada todo el día abrazándole cuando es invierno, ser el verano que le falte en sus días grises.

¿Cómo bailar en una tormenta que te duele?, me preguntó al final.

Aquel día cerró los ojos y el viento se la llevó al lugar donde las miradas perdidas van a parar. Más adelante comprendí lo que sus últimas palabras significaban:

Su tormenta fue alguien.
Alguien que le terminó rompiendo sus lagrimales, sus corazas y presiento que también su corazón.

Y a día de hoy, Cactus, llueve en alguna ciudad del mundo, en busca de alguien que salga a bailar bajo ella.

Hay palabras que no se las lleva el viento. Algunas veces la mejor respuesta de prudencia y sabiduría, es el silencio.

Estándar
Hay palabras que no se las lleva el viento. Algunas veces la mejor respuesta de prudencia y sabiduría, es el silencio.

 

Equivócate.
Camina en la dirección incorrecta.
No esquives las piedras.
No saltes los charcos.
Ensucíate.

Es mejor ir por la vida con moretones de valentía,
que lágrimas de cobardía.

Ella sólo busca que la quieran en su forma,
y no en las millones que existen.
Quiere que la quieran única
y no cualquiera.

Vive la vida despeinada,
fumándose un peta en cada esquina,
llorando en la barra del mismo bar que lleva su nombre,
yendo de taxi en taxi detrás del amor de su vida
que olvidó decirle cuándo iba a ser la próxima cita.

Tiene la mirada clavada donde todos, pero mira como nadie.

Es una chica sin filtros,
sin pelos en la lengua,
sin ataduras en el corazón.
Dice lo que tiene que decir
y siente lo que no quiere sentir.

Es la gata que camina por los tejados a medianoche
en busca de una caricia
y huye al primer roce.

Es tan única
que ni siquiera la encuentras en un libro,
ni en una fragancia
ni en un paisaje.

Lo de sus ojeras ya nos lo cuentan las canciones,
lo de su sonrisa ya nos lo cuentan las interminables veces en las que tuvo que partirse para ser la chica valiente que ahora es,
porque eso si: un día tuvo tanto miedo, que no tuvo otra opción que secarse las lágrimas y tomar al toro por los cuernos que dicho sea de paso: ya los llevaba clavados en el pecho.

Ella es el sol de The Beatles,
la paciencia de Guns N’ Roses,
la satisfacción de los Rolling Stones;
la voz rota de Kurt,
la sonrisa fugaz de Amy,
la mirada perdida de Jim,
el espíritu rebelde de Janis.

Jamás se ha rendido por nada,
aunque muchas veces lo ha hecho por alguien.
Lo ha dejado todo por un abrazo
y ha hecho estallar esa presión del pecho
contra otro pecho.
Dos corazones que laten al compás
es música para cualquier sentimiento.

No la catalogues como una chica rota,
porque no lo es,
lo que sí es:
una chica que lleva mil guerras perdidas en la mirada
y mil cicatrices bajo la sonrisa.

Cada quien está pasando su propia batalla. Hay momentos donde un abrazo vale más que mil palabras. Sepamos distinguirlos para simplemente acompañar, guardar silencio y extender los brazos.

Estándar
Cada quien está pasando su propia batalla. Hay momentos donde un abrazo vale más que mil palabras. Sepamos distinguirlos para simplemente acompañar, guardar silencio y extender los brazos.

Es que yo ya no sé cómo empezar historias, sino hablando del final. Y ella lucía preciosa aquel día mientras las estrellas se ponían en su mirada.

Yo te prometo —le dije— llevarte a otro mundo. Uno en donde los dos nos sintamos a gusto con quienes somos.

Y me sonrió, pero su sonrisa fue una pistola llena de espinas, porque las balas ya las llevaba como recuerdo o como lección.

Y es que el amor te deja sobre la mesa el contrato de supervivencia una vez que el otro decide irse. Y ahora cómo se supone que debo seguir sin ti, si el nudo en la garganta me sofoca. Si siento que me ahogas cuando antes me hacías volar.

Espera. O espérame en algún rincón de tu soledad.
Aguarda. O guárdame un pedacito de página antes de que decidas quemar nuestra historia.

Tal vez no fui el héroe que en todo libro se supone que debe haber. No supe salvarte, sino empujarte a ese abismo que tanto miedo te dio caer; quiero decir, a enamorarte de alguien como yo.

Lo siento si rompí todas tus expectativas, ya que no soy el fuerte de la historia. Me guardo partes de los que se van en mi caja torácica, que en realidad es una jaula que encarcela mi corazón. Y abro mis pulmones para meter tus últimos suspiros antes de caminar en otra dirección.

Quédate con la peor versión de mí, que es la mejor cara que poseo de la moneda. Recuerda siempre que ahí un día hubo alguien que estuvo dispuesto a poner en orden hasta su cordura, cuando el desastre era él. Y nadie impidió que se hiciera semejante daño. Los locos buscan que los quieran con todo y su locura.

Quédate con las veces en las que maldije tu existencia y tu nombre lo escupí al aire.

Quédate con el chico malo que jamás presentaste a tus padres, con el que mandaste a callar y a tomar por culo, con el que jamás te enorgullecerías de envejecer con él. Quédate conmigo. Y no me sueltes jamás.

Antes o después te llegará ese instante.

Estándar
Antes o después te llegará ese instante.

Busco un espectador que le guste mirar mi desastre, que los ojos de los demás los llevo clavados en el cuerpo.

A veces es aceptar que la espera se hará infinita si ninguno de los dos pondrá el pie primero.

Ojalá busques encontrar a alguien como yo, alguien que se despierta con el pie izquerdo porque detesta las rutinas, alguien a quien puedas contar tus secretos.

Porque yo, querida desconocida, busco encontrar a alguien a quien no me pida que le baje la Luna, sino que acepte que no tengo alas, porque yo mismo me las arranqué. Que soy un ser despreciable, pero que me muerdas los labios cuando digo alguna palabrota. Y te rías.

Perdona si no te abro la puerta a la primera, es que soy demasiado gilipollas como para verte. Siempre pasa lo mismo con los eventos importantes. Por eso estoy solo.

Hice un lugar para dos. Y espero compartir contigo algo más que una película de sofá los domingos.

Busco ser algo más que un sábado por la noche, porque he llegado a odiar la idea de siempre ensuciar los sentimientos.

Busco ser tu justo a tiempo y que si en tu vida hace demasiado tarde, espero que no mires el reloj cuando me mires.

Porque así como el viento se lleva palabras, también se lleva personas.