Archivos Mensuales: noviembre 2015

El problema no es tropezar, sino que te encariñes. Un cerebro inteligente sabe que una tontería es hacer siempre lo mismo pretendiendo a que la piedra cambie de sitio.

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El problema no es tropezar, sino que te encariñes. Un cerebro inteligente sabe que una tontería es hacer siempre lo mismo pretendiendo a que la piedra cambie de sitio.

Por ahí va ella, viviendo como quien no quiere la cosa. Sonriendo, como siempre ha sonreído. Va derrochando su alegría por el mundo. Por ahí va él, comido mierda como siempre, huyendo de la alegría. Su encuentro es inevitable. Ella tratará de contagiarle su alegría, y él tratará de evitarlo. Después de su inevitable encuentro, él se llevará un poco de alegría y ella un poco de melancolía. Pero no podrán estar juntos para siempre, pues los polos opuestos se atraen durante un instante solo para saber a ciencia cierta que no pueden ser uno.

¿Qué hace uno cuando todo le parece una mierda?, cuando uno está, como dicen por ahí, sin ganas de vivir. Bien podría cavar una tumba, con toda la puta parsimonia del mundo. Sacando la tierra con calma, porque no hay prisa, total, después de la muerte no hay nada más que paz. Pero ¿qué hace uno si no quiere cavar?, ¿dormir?, ¿beber?, ¿Qué carajo hace uno cuando todo hiede y las personas apestan?, cuando hasta la conversación más inteligente parece mundana, o cuando cualquier canción, o cualquier trago tiene el mismo sabor que el anterior, o sea que da lo mismo estar sobrio o estar ebrio. ¿Qué hacer cuando uno ha perdido la voluntad de poder?, la voluntad de vivir, cuando uno se deja llevar como un puto velero por un río caudaloso. ¿Qué hacer?, les tengo la respuesta, señores y señoras: escribir. Por eso escribo sin parar, para alargar en la medida de lo posible la fecha de mi muerte, que, obviamente, será por propia mano.

Solo para tí…..

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Solo para tí…..

Tanto tiempo, ¿recuerdas? Y mi mejor y más grande caída sigues siendo tú. Cómo empezar esta carta sino dedicándote las mejores sonrisas entre las primeras líneas. El viento de finales de noviembre te hacía sentir triste, no sé por qué, ni siquiera te lo pregunté. Algunas preguntas duelen más que la respuesta, al igual que algunas sonrisas duelen por el mero hecho de usarlas por rutina.

Han pasado varios inviernos desde que ya no nos abrazamos. Lo que me pasa contigo es lo que me pasa cuando me entra miedo si, de repente, se me borran tus fotos del móvil y las conversaciones hasta altas horas de la madrugada. Si de repente sólo tenga que idealizarte, como si nunca hubieses existido. Las cámaras captan la esencia del momento, el corazón capta el sentimiento.

Invierno tras invierno, y no eres tú quien llama a la puerta. Llueve recio al recordarte, porque si llegas a leer esto algún día, que aún tengo la efímera esperanza de que así sea, quiero que sepas que fuiste el amor que caló cada hueso de mi anatomía. Quiero decir: fuiste la tormenta, después de tanta lluvia, que vino a decirme: venga, no vengo a mojarte, vengo a calarte.

Quiero que sepas que aún sigo yendo a esos sitios que solían conocernos, que sigo escuchando esas canciones que solían describirnos, que sigo sintiendo cómo el fuego surge desde la caja torácica y se arma tremendo espectáculo, uno donde nadie disfruta estar. Porque quema. Llega a quemarme por dentro mientras sigo hablándole a la gente de que jamás llegué a conocerte del todo, porque fuiste un misterio que no llegué a resolver con conclusiones finales.

Todavía hay restos de los momentos donde el miedo tuvo que aferrarse a nosotros y nosotros nos aferramos a la vida. Y qué bonito es recordar a la persona que te conoció suicida y también con quien amaste la vida.

Yo amé estar en tus brazos.
Volaba siempre que me los abrías.
Alto.
Tan alto que ni siquiera podrías imaginar la altura a la que te lleva amar de la forma más noble y sincera que existe.

Perdoname si en lugar de sonrisas te puse un montón de motivos para llorar. No era esa mi intención. No intento justificarme, pero hay personas que el amor las hace autodestructivas.

Esta claro que no fui el amor de tu vida, pero tú fuiste más que eso.

Qué pasa cuando el día se acaba y no tienes adónde ir. Qué pasa cuando la vida te quita a todos y te quedas literalmente desnudo. Tan propenso al daño. Tan vulnerable. Qué pasa si un día de estos me recuerdas y quieras de inmediato que me esfume tan pronto como una tristeza insuperable. Qué pasa si un día de estos te olvido y quieras que te recuerde por el simple hecho de que te gusta estar en ese lugar tan grande como la memoria.

Posdata: No espero que me digas cosas bonitas, porque simplemente no las merezco. Pero, óyeme, si un día me recuerdas por accidente, por favor, no me dejes ir.

Los encuentros de la vida son oportunidades que se nos presentan. Cada encuentro es sagrado y viene a darnos un mensaje. Nadie llega porque sí.

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Los encuentros de la vida son oportunidades que se nos presentan. Cada encuentro es sagrado y viene a darnos un mensaje. Nadie llega porque sí.

Siempre va a haber gente que te hará cantar,
bailar,
llorar en la pista de baile,
que te pisará los pies mientras sonríes y te balanceas para darle un beso de despedida,
que te abrazará cuando dices que hace frío,
que te quitará los escalofríos que produce el miedo.

Siempre va a haber gente así,
que te levantará cuando tú has decidido caer,
que te hará ver lo bonito de estar roto,
te enseñará a soñar con ojos abiertos
y a creer con los ojos cerrados.
Te protegerá cuando estés de espalda
y buscará tu espada para que pelees.

Hay gente que te enseñará a vivir cuando no esté,
que te dará besos en la frente
para demostrarte cuánto te quiere
y cuán dispuesta estaría de meter las manos al fuego
para que tú no te quemes.
Porque hay gente que preferirá hacerse cenizas
a verte a ti arder.

Hay gente que será tu verano,
tus días soleados,
la brisa veraniega que te hará recordar tus amores fugaces.

Hay gente que te hará sonar como la canción más hermosa
cuando estés roto,
que te tocará sin siquiera poner sus manos sobre ti,
que te marcará cuando todos te envían mensajes.
Y te sacará una sonrisa aunque ya no esté.

Hay gente que correrá contigo,
que será la meta más valiosa que alcanzar,
que será la cima a la que quieres escalar.

Hay gente que será tu tormenta,
tu infierno
y tu utopía.

Hay gente que correrá contigo.

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Hay gente que correrá contigo.

Ser madre.

Fui madre a los treinta años. Siempre pensé que no tenía instinto maternal. No me sentía incompleta, no buscaba mi media naranja. Me sentía realizada sin hijos.
Cuando tuve mi bebé en brazos, el mundo cambió. El embarazo y el parto no lo menciono porque madre es quién está dispuesta a dar la vida por su hijo sin importar si estuvo en su vientre.

Ser madre, es no arrepentirse de pasar noches enteras sin dormir ya que un abrazo lo compensa.

Ser madre, es sentir completa empatía ; desear que las cosas te sucedan a vos y no a tu hijo.

Ser madre, es pasar a segundo lugar; es en ocasiones saber que se siente que te duela el corazón.

Ser madre, es mirar otros ojos y ver algo de uno mismo en ellos.

Ser madre, debería ser una elección pero aunque no lo sea es una bendición.

Ser madre, es sentir que la vida te hizo un regalo maravilloso.

Ser madre, es indescriptible, sólo quien lo es lo entiende.

En los conflictos, nuestro Ego muestra la hilacha. Nada ni nadie nos pertenece. Espiritualmente nadie puede quitarte nada, creer lo contrario es una ilusión.

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En los conflictos, nuestro Ego muestra la hilacha. Nada ni nadie nos pertenece. Espiritualmente nadie puede quitarte nada, creer lo contrario es una ilusión.

Últimamente la vida la llevo ojerosa,
ya ni siquiera tararea su canción favorita,
incluso ya no le da por tiritar cuando está a punto de ser feliz.

A esta edad,
ya he sabido más de monstruos que de personas,
porque a mí siempre me han dado mucho miedo las últimas,
desde pequeño, digo.
Lo digo por experiencia propia:
a veces cuando intentas hacer sonreír a alguien
mientras tú no sabes cómo hacerlo,
lo que pasa es que te clavas más en el pecho
ese ojalá que nunca acaba de llegar.

Miro al cielo, entonces,
con la vista cansada
y con los sentimientos quién sabe cómo,
jamás he sabido ponerle los motivos correctos a la sonrisa,
siempre, al final, la destrozan las personas a quienes he admirado
y por las cuales he derribado muros para llegar a ellas.

Porque cuando quiero conseguir algo
cruzo fronteras,
mares,
millas.
Y luego, no sé,
pero cuando lo consigo,
también pierdo algo.
Y me duele.

Entonces comprendo que para conseguir unas cosas
tendrás que sacrificar otras.
Y lo jodido es que tú no escoges cuáles perder,
sino que es la vida quien te las arrebata sin el más mínimo de los afectos.

La vida,
la mía,
no me ha sabido tan dulce desde que comencé a entender de qué va el mundo.
Romper cosas cuando intentas dar tu mayor acierto,
romper personas cuando intentas construir algo bonito,
romper corazones cuando intentas entrar a ellos.
¿Por qué todo, a veces, se resume en romper?
Ojalá sólo lo conjugáramos con las cosas, y no con las personas.

Dicen que con el tiempo uno no olvida,
sino que aprende a aceptar.
Y con lo que a mí respecta:
ya te he aceptado y me he resignado a ti,
porque el mayor error hubiese sido
no haber coincidido jamás.

Ven, te invito a una noche de recuerdos,
aquí está tu sonrisa.
Y allá, la mía.

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La verás volar

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La verás volar

Qué daño irreparable nos estamos haciendo. Supongo que esa es la forma de decirse hoy en día “te quiero”. Pero qué asco. Qué asco me da ver tanta gente intentando hacer infeliz la miserable vida de los demás, que ya de por sí está al borde del precipicio, como para que venga alguien y los empuje.

Joder, esto es una maldita rutina que se nos está yendo de las manos. El tiempo, dicen, todo lo cura. Y nos la vivimos esperando a que nos sanen, en lugar de hacerlo nosotros mismos y decir con orgullo que fuimos nosotros quienes cicatrizamos esa herida. Porque hacerlo uno, cuesta el doble. Nos falta ser nuestro propio héroe del cómic. De la vida.

Nos estamos convirtiendo en nuestro propio desgaste de esperanzas y qué falsas son esas personas que dicen que amar es pertenecer a otro. Jamás han sentido qué es el amor en carne propia, porque amar es entregarse al otro sin dejar de ser uno y de uno. Es que el otro nos acepte tal cual nos vestimos, lloramos, sonreímos, caminamos, hablamos, desentonamos canciones, enfadamos, decimos palabrotas, pero que aún así le busque un sentido a cuando nos sentimos quién sabe cómo. Porque nunca hemos sabido cómo sentirnos sino un maquillaje que lo cubre todo, tanto de fuera para dentro como de dentro para fuera. Un completo desastre de ilusiones.

Estamos soltando demasiado fácil lo que nos hizo olvidarnos de nuestra existencia y de que existía un mundo, ahí, afuera, que entre guerra y guerra, sólo firmaban acuerdos de paz que en realidad no servían de nada, en lugar de quemar las armas que tanto hacen llorar al mundo. Y todavía nos seguimos aferrando a lo que nos hace daño, a lo autodestructivo, a quien es enfermizo.

Qué demonios nos está pasando. ¿Acaso ya hemos perdido la esperanza? Como si las estrellas aún no brillasen como queriendo decirnos que todavía queda algo bonito por lo luchar. Y no dejarse vencer por el miedo.

Desde que se inventó aquello de que si algo está destinado para ti, tarde o temprano, llegará: nos la vivimos con los pies frente con lo que nos estamos volviendo viejos. Esperar. Nos la pasamos esperando, en lugar de actuar, de levantarnos del sofá e ir en busca de nuestro pequeño infinito. Nada vendrá si no lo salimos a buscar.

A veces lloramos por el mundo.
Y otras veces, el mundo llora por nosotros.
Porque nos estamos convirtiendo en una terrible e indescriptible cápsula de fatalidad.
Cada cosa que tocamos, la destruimos.

Ahora es más fácil llevar un disfraz de sonrisa, que llevar la sonrisa puesta porque sí. Porque queremos luchar por serlo, porque nadie nos quite lo único por lo que aún latimos: es decir, los sueños.

Los papeles, hace mucho, que se cambiaron.
Le escribimos a quien se ha ido, en vez de escribirle a quien está.
Lloramos por lo que perdimos, en vez de abrazar lo que está.
Le sonreímos a quien nos ha disparado y apuñalamos a quien nos ha reformado.

Las palabras son simplemente palabras, pero todos sabemos que tienen fuerza de huracán destructible. Y que cada vez que las recuerdas, sientes cómo las astillas del pasado siguen incrustándose en el corazón.

Regresamos a los lugares donde sabemos que ya nada pasará, que sólo nos enmudecerán los recuerdos y nos reventarán los lagrimales. Nos encanta añorar, porque somos seres sentimentales. Y nos encanta sufrir, porque somos seres apegados al sufrimiento.

A ver cuándo va a ser el día en que vuelvan a detenerse y contemplar los atardeceres,
a ver cuándo va a ser el día en que no haya prisa por llegar tarde al trabajo por quedarse un poquito más con quien quieres,
a ver cuándo va a ser el día en que se nos acaben las excusas y nos digamos las cosas en la cara,
a ver cuándo va a ser el día en que dejemos ir trenes por no dejar de abrazar,
a ver cuándo va a ser el día en que nos convirtamos en humanidad y dejemos de ser simplemente humanos.

Las peores mentiras que podemos decir los humanos son “para siempre” y “jamás”. En el primer caso porque todo es pasajero, ¡cuánta gente ha dicho que siempre cuente con ella!, un sinfín de personas, y nadie ha cumplido. En el segundo caso, porque los “nunca”, los “jamás” y los “siempre”, salen de nuestra voluntad; la puta vida puede tener otros planes para nosotros, y a penas acabamos de decir “nunca” caemos presa de nuestras soberbias palabras.

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Las peores mentiras que podemos decir los humanos son “para siempre” y “jamás”. En el primer caso porque todo es pasajero, ¡cuánta gente ha dicho que siempre cuente con ella!, un sinfín de personas, y nadie ha cumplido. En el segundo caso, porque los “nunca”, los “jamás” y los “siempre”, salen de nuestra voluntad; la puta vida puede tener otros planes para nosotros, y a penas acabamos de decir “nunca” caemos presa de nuestras soberbias palabras.

Apología del odio (O apología del yo)
Al carajo esas apologías de la paz o de las buenas costumbres. Lo único en lo que podemos estar de acuerdo, la mayoría de veces, es en el odio.

Odio a todos esos tipos que compran flores a sus novias, que se desviven por ellas y al dar la espalda están echando palabras a otras. Uno debe ser franco, desde el principio decir “si algo no me gusta de esto, me iré con otra aunque vuelva a ti.”.

Odio a esas personas que se autoerigen en guardianas de la moral, porque no predican con sus actos y creen que todo lo que hacen está bien. Yo soy feliz con mis defectos y hasta hago gala de ellos.

Odio a los abstemios, esas personas que no comen carne, que no se toman unos tragos y que no disfrutan la rumba. Al final del camino, todos seremos un cúmulo de calcio que servirá de alimento para la tierra.

Odio a los intelectuales y a los poetas, que por su parte se autoproclaman voceros de la cultura, de los cánones y de lo que se debe hacer o no hacer. Yo escribo lo que me da la puta gana, y aunque la No-poesía sea una completa mierda, es una transfusión de sangre: de las venas al papel.

Odio los domingos de mierda. Esos días al terminar la semana que anuncian el reingreso al engranaje laboral del mundo. Algunas personas no estamos hechas para encajar en el puto sistema; es más, ni siquiera para encajar en este mundo.

Odio a quienes viven de las apariencias. Esas personas que fingen ser algo que no son, ya sea por agradar al resto o para reprimir el odio que sienten hacia sí mismas. ¡Váyanse al carajo!

Odio a quienes truncaron sus sueños por formar una familia o por hijos no esperados, pues cambiaron un deseo por una obligación, y la herencia que darán a sus bastardos será el miedo.

Odio a quienes envidian a otros, y esto implica a veces odiarme a mí mismo.

Odio a quienes escriben como imbéciles a pesar de haber estudiado. A quienes no distinguen las tildes diacríticas y que no ponen la “hache” en las conjugaciones del verbo haber o la ponen donde está demás. Amo a quienes tienen el coraje de escribir a pesar de no haber pisado muchas aulas; amo y respeto.

Odio a esas mujeres que son en extremo cariñosas, pues nadie puede conservar una actitud de forma perenne. El cariño debe brotar de forma natural, y cuando es fingido sabe a mierda.

También odio a esas personas que tratan de manipular a sus parejas para no perderlas. Esa gente que dice mierdas como “si me dejas, me mato” o “si no estoy contigo, no estoy con nadie”, chiquilladas del carajo que se les pasa cuando llega otra persona que les ofrece el culo.

Odio a los padres que sobreprotegen a sus hijos, haciendo de los hombres maricas que no se atreven a tomarse un trago en un parque por miedo a que les asalten. Y haciendo de las mujeres mariposas que solo pueden ser vistas, pues la mínima palabra soez puede ser destructiva para ellas.

Odio a las personas que hacen lo que les dicen que deben hacer, en lugar de hacer lo que se les viene en gana. Esas personas nunca conocerán la adrenalina de irse en contra de todo el puto mundo por un rato de placer.

Odio a quienes no disfrutan del sexo por miedo al embarazo o por miedo a las culpas posteriores. El sexo es de las pocas cosas en el mundo que merece ser disfrutada sin miramientos posteriores.

Por último, odio a esas personas que no dicen la verdad para no herir al resto. Las cosas hay que decirlas, claras y cuando suceden, el otro verá cómo lo toma y uno no quedará como un vulgar mentiroso después de todo.