Archivos Mensuales: octubre 2015

Me limitaste.

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Me limitaste.

En este momento, creo más en las canciones, que en las personas. He comprendido que tienes que ser tú mismo el héroe de tus noches, de tus reproches, de tus malos días, de las despedidas por las que apostaste todo, jurando que jamás llegarían.

Últimamente soy el autor de los finales caóticos, no sé por qué tengo la costumbre de pensar tanto en ellos y en la tristeza ensordecedora que viene después de dicho huracán. A lo mejor es porque soy un chico de finales, que de comienzos. Siempre encontré la manera de quemar las historias que otros me prometían en papel, porque sé, de antemano, que las promesas, al igual que las ilusiones y las esperanzas, son desilusiones y decepciones silenciosas que te carcomen el alma a medida que crees en ellas.

He visto sonreír a otros desde la herida, y sólo entonces comprendí lo que era madurar; es decir, no se trata de cicatrizar la herida, sino de ser feliz con ella. Porque tienes que saber que eres acreedor de tus heridas y que ningún tipo de saliva podrá remediar el ardor y el dolor que proviene desde adentro.

He visto vidas oscurecerse cuando los demás han visto una luz cegadora. Y también hay de aquellas que se apagan de golpe cuando pasan desapercibidas.

El amor es una promesa que luego el viento se la termina llevando. Cuánto enferma enamorarse de quien no puede ser, y cuánto salva enamorarse de quien ve en ti un paisaje digno de contemplar.

Dicen que debemos bailar bajo la tormenta, pero nadie nos dice que también debemos bailar mientras la esperamos, porque de nada sirve bailar bajo la lluvia si no hemos aprendido a sonreír cuando, cada noche hasta la madrugada, mojamos nuestra almohada.

Cuántas personas se lleva el viento.
Cuántas muertes trae el recuerdo.

Me pregunto, ¿a cuántas personas llevamos sepultadas en el corazón?

Yo he sido víctima de mi propio calvario, la esclavitud que de mis pensamientos arraiga es la misma que me ha puesto en libertad. Soy el guionista del rodaje de la película de mi vida, el captador de las mejores y de las peores escenas.

Y entonces, un día termina pasando.
Las sonrisas empiezan a florecer,
las lágrimas se comienzan a diluir con la lluvia
y las miradas comienzan a tomar ese brillo bonito que las caracteriza.

El mal tiempo no es el pronóstico del tiempo,
el mal tiempo es el diagnóstico de cómo nos sentimos a veces.

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Si me extrañas, hazlo en silencio. No van conmigo esos arrepentimientos que siente la gente después de decir adiós. Conmigo no existen los “hasta luego”. Si decidiste irte, no esperes que te espere, solo vete al carajo y no vuelvas la vista atrás que yo para ti no estaré más.

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Si me extrañas, hazlo en silencio. No van conmigo esos arrepentimientos que siente la gente después de decir adiós. Conmigo no existen los “hasta luego”. Si decidiste irte, no esperes que te espere, solo vete al carajo y no vuelvas la vista atrás que yo para ti no estaré más.

Lo poco que sé de la vida, lo sé porque he sonreído cuando ni siquiera yo me he dado cuenta; lo sé porque he suspirado por lo que me inspiró a escribir las cosas más bonitas de mi vida; lo sé porque he llorado a mares en mi almohada cuando he echado de menos la luz y la razón de mis días; lo sé porque he cometido los errores suficientes como para entender que de eso se trata vivir; lo sé porque me he perdido conscientemente en el laberinto sin salida para ver quién está dispuesto a perderse por mí, sabiendo que, quizás, no podrá encontrarme jamás, que no podrá salir de ese laberinto que es la huida.

Lo poco que sé de la vida, lo sé porque he visto a mi hermana ir y venir a mitad de lo que posiblemente era el invierno de su vida; lo sé porque han adormecido mis corazas para luego entrar en mi corazón y romperlo en mil pedazos; lo sé porque he mentido acerca de cómo me sentía cuando por dentro me quedaba afónico pidiendo auxilio.

Lo poco que sé de la vida, lo sé porque he herido por quien moriría consecutivamente en mis siete vidas por conocerle por primera vez, una y otra vez; lo sé porque me he desangrado mientras escribía los versos más dolorosos que jamás me había dedicado nadie; lo sé porque en una mañana me dejaron un eco en el alma y el corazón infestado de tristeza y soledad; lo sé porque mi canción favorita resultó ser el arma homicida.

Lo poco que sé de la vida, lo sé porque me he acercado tanto al abismo, que por poco, no salgo con vida; lo sé porque me han apuñalado cuando, ingenuamente, les regalaba mis mejores sonrisas; lo sé porque me han visto enloquecer en plena cordura.

Lo poco que sé de la vida, lo sé porque me han herido; lo sé porque he caído al profundo mar de los recuerdos y no he salido tal como entré.

Lo poco que sé de la vida, lo sé porque lo sentí, lo viví y lo abracé tan fuerte, que terminé rompiéndolo; lo sé porque fui invisible para quien yo quería cambiarle la mirada; lo sé porque he ardido tal cual infierno me estuviese abrazando; lo sé porque en cada puntada que le daba a mis heridas, pensaba cómo alguien, en quien deposité toda mi confianza, pudo haberme hecho sangrar.

Lo poco que sé de la vida, lo sé porque he tenido frío y no precisamente hablo de clima, sino de personas, de momentos y de despedidas.
Lo poco que sé de la vida, lo sé porque he sonreído cuando mis ruinas me declaraban estado de calamidad.

Lo poco que sé de la vida, lo sé porque me he despedido en aeropuertos, en estaciones de tren y en hospitales. Y yo siempre me he sentido muerte en esos lugares. Me he sentido como el fin de mí mismo, o de mi historia. O de un atardecer que no termina de dar su espectáculo y no comprende que el día se ha ido. Y con él miles de miradas con desconocidos, muertas; miles de sonrisas sin comprender el porqué, muertas; miles de silencios porque las miradas lo decían todo, muertas. Y pensar que en las despedidas pasa lo mismo: muere todo y se muere uno. Abandona el propio cuerpo y habita en el corazón que se está yendo. Se cierran los ojos, y se cierra la historia, pero se abren muchas heridas.

Lo poco que sé de la vida, lo sé porque me ha estallado el pecho cuando encontré algo que no debía buscar; lo sé porque he visto cómo cada silueta del pasado me perseguía a donde iba y todo se convertía en oscuridad; lo sé porque tengo recuerdos que son luz y otros que son tiniebla.

Lo poco que sé de la vida, lo sé porque me enamoré de la jodida piedra y ella no supo corresponderme sino lastimarme; lo sé porque he sido masoquista persiguiendo un amor imposible y me han salido llagas del terrible incendio en el que estuve por decisión propia; lo sé porque cada vez que amo lo hago como si jamás me hubiesen roto el corazón, confío como si jamás me hubiesen traicionado y río como el dolor en realidad hubiese sido un sueño en el que estuve sumergido por mucho tiempo pero que, tarde o temprano, tenía que despertar. Y recordarlo como una pesadilla.

Lo poco que sé de la vida, lo sé porque tengo cicatrices, no sólo en la piel, sino en mi forma de hablar, de reír y de mirar, porque hay que prestar mucha atención a cómo actúa y se comporta alguien para darse cuenta de que no, de que no existe peor cicatriz que aquella que se abre desde las entrañas, que con el paso del tiempo se abre más y más y llega a ocupar gran parte de ti. Y te consume. Te va arrastrando hacia el recuerdo. Y la muerte del recuerdo es el olvido. Se pueden olvidar muchas cosas, pero ¿cómo se olvida algo que en su momento quisiste que fuese para siempre?

La vida no quita, libera. Y cuando se lleva algo, nos deja un espacio para que nos volvamos a mirar.

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La vida no quita, libera. Y cuando se lleva algo, nos deja un espacio para que nos volvamos a mirar.

Yo cerré los ojos.
Entonces… mis rodillas me resultaban tan débiles, que se me hacía imposible mantenerme de pie.

Sólo me hundí en el abismo, ni siquiera trate de no caer, era como si algo desde dentro me llamase con urgencia. Sentía mucha angustia en el pecho, pero mucha calma, también. Como si supiese adónde iría.

Hubo un frío capaz de calentar hasta el sentimiento del invierno.

Miré a los lados y me encontré a mí mismo tomado de la mano con los recuerdos, con todo lo que había dejado marcada mi vida en el transcurso del tiempo.

Sonreí.

Sonreí como puede hacerlo alguien que lo ha perdido todo, y a cambio no ha recibido nada, excepto más heridas de las que ya le sangraban en el alma.

“Perdoname por haberte roto el corazón”, me dice ahora la razón entristecida.

Porque ella sabía que lo correcto era no dejarlos marchar, quedarme para siempre a su lado, compartiendo los atardeceres más tristes y preciosos del año. Dormir hasta la mañana siguiente de una noche de lluvia.

Una vez me preguntaron cuánto tiempo llevaba tirado en el abismo. Miré al rededor, y un escalofrío me hizo reaccionar, sentí que más de la mitad de mi vida lo había estado —por el hueco que sentía en el pecho, por el frío que me invadía las manos y los pies, por la mirada entristecida que se sumergía en el lago de los recuerdos—. E intenté recordar en qué abrazó dejé de volar, y quién me habría cortado las alas para caer a tal abismo.

Y lo más triste fue saber que quien lo había hecho,
había sido yo.
Y desde entonces, se cierne sobre mí, esta oscura nube negra.

“Tenemos que dejar ir la vida que planeamos para así poder tener la vida que está esperando por nosotros” – Joseph Campbell // Suelta el ego, enfócate en lo que hoy dependa de ti, y para lo que no, deja que suceda lo que tenga que suceder.

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“Tenemos que dejar ir la vida que planeamos para así poder tener la vida que está esperando por nosotros” – Joseph Campbell // Suelta el ego, enfócate en lo que hoy dependa de ti, y para lo que no, deja que suceda lo que tenga que suceder.

Son las 3:53 de una madrugada cualquiera. Hoy, hace cuatro lunas, que te has ido. Inhalo y expiro, y siento que has caminado tan profundo, que utilizas mis venas como carretera para seguir viajando a kilómetros de mí, aunque yo sea una de esas que no tienen un destino final. Soy el punto de partida que jamás supo ser final.

Sufro de parálisis de sueño, porque un miedo desemboca a otro, y a otro, y así sucesivamente hasta que llega a tu ausencia. ¿Quién me dice que una ausencia no puede ser la base de un sentimiento concreto del que llegas a temer? A huir, porque estás cansado de llevar tantos vacíos en tu espalda, que el dolor ni siquiera te deja dormir.

Las 3:43 de una madrugada en la que mi corazón golpea tan fuerte mi pecho, que ahuyenta a los fantasmas que aún habitan aquí. Me fui aferrando a una idea, me sujeté fuerte de un fantasma, y ahora lo único de lo que puedo agarrarme es de lo que jamás será.

Te echo tantísimos inviernos de menos. El frío comienza a edificarse y yo comienzo a plantearme el porqué de las circunstancias, sin llegar a ninguna conclusión.

Nadie, excepto tú, sabe lo que es irse encerrando en sí mismo y un día querer escapar, y no poder hacerlo. Porque con eso nos vamos acorralando, nos vamos volviendo más miedo, que ganas.

Salir.

Respirar.

Mirar el azul bonito del cielo e imaginar nadar en él tal cual fuese el océano. Y no dejar nunca más que nos golpeen las olas, ni los recuerdos, ni las ausencias.

Llegar a un lugar huyendo de otro, eso no es huir: es llegar al mismo sitio, pero con diferentes vistas. Con el mismo peso en los hombros, con el mismo fuego en las entrañas.

¿Desde cuándo empezaron las madrugadas a ser tan duras conmigo? Supongo que desde que comencé a echarte de menos.

Uno de los más grandes problemas de la baja autoestima es la tremenda incapacidad para tomar decisiones por uno mismo. Se empieza a pedir opinión a todos los amigos, para en un futuro comprobar que lo que ellos sugirieron nunca fue lo que uno realmente quería. Aprende a confiar en ti más que en nadie.

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Uno de los más grandes problemas de la baja autoestima es la tremenda incapacidad para tomar decisiones por uno mismo. Se empieza a pedir opinión a todos los amigos, para en un futuro comprobar que lo que ellos sugirieron nunca fue lo que uno realmente quería. Aprende a confiar en ti más que en nadie.

Porque
hay que ser valiente para quedarse en mis tinieblas,
en mi alma rota,
y en mi corazón hiriente.

Por eso te quiero a ti,
con tus tinieblas,
tu alma rota
y tu corazón hiriente.

Somos lo que el fuego a la leña vieja,
tenemos un amor autodestructivo
que sabemos de antemano que
no saldremos sino en cenizas,
mientras Moonlight Sonata de Beethoven
suena de fondo,
y nuestras miles de partes
siguen perdidas en el fondo de algún abismo.
Y las buscaré en los mil agujeros
que cavamos para desaparecer
del mundo.

Un amor tan triste como el suicidio de Romeo y Julieta.

Te prometo que si, en algún instante, te veo con la cabeza cabizbaja
haré lo que hace la primavera con el campo marchito.
Aunque no sabremos quién reconstruye a quién,
porque, si ya te diste cuenta, estoy igual de perdido que tú.

Procura no acercarte mucho a este dolor que sigue latiendo
después de haberlo enterrado en lo más lejano a mí,
porque hay heridas que se transmiten de piel a piel
y luego las compartes con el otro.
Y no es justo que tú sientas lo que yo me hice mientras jugaba
a si apretar el gatillo o no en la sien de los sentimientos,
porque el amor es una bala perdida.
Y a veces, le cae a cualquiera.
Y sufres por cualquiera.
Y sonríes por cualquiera.
Y gastas vida por cualquiera.
Y padeces de insomnio por cualquiera.
Y es así como, por un descuido de tu parte,
alguien se enamora de ti. Sin saberlo.
Y sin ni siquiera quererlo, ni necesitarlo.
Un amor que te va consumiendo,
que te va enterrando,
que te encierra por completo en el calabozo.

Fíjate, amor, que la luna tiene sus abismos,
y que, sin embargo, nos parecen preciosos.
Preciosos como ver sonreír, desde el fondo y agarrándose de sus cimientos,
a quien la vida solamente le ha mostrado su parte malvada.
Pero que, después de todo, es la lluvia quien le hace sonreír,
quien le anima a bailar solo, bajo ningún paraguas.

Que truene,
que relampaguee,
que nosotros seguiremos
tronando
y relampagueando
como una lluvia que no cala,
pero que dentro de unos años,
aún la recuerdas.

Hay almas que no calan,
pero se quedan de la mano con la nuestra
vagando por algún rincón del universo.

¿Después de todo, qué somos?
¿Lluvia o tormenta?
¿Huracán o tornado?
¿Paz o calma?

Asómate un poco más,
mírame más a menudo las imperfecciones,
susúrrame que me amas
y que me detestas a igual medida.

Quiero sentirte tuya,
libre como un ave que ha aprendido a amar sus alas
y que sepas que nunca te las voy a cortar.

Todo termina, es cierto,
pero también,
todo comienza
desde
las
tinieblas.

Tuve que verte alejarte, ver el niño que fuiste, para no entender; ni imaginar cuanto mas había por delante.

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Tuve que verte alejarte, ver el niño que fuiste, para no entender; ni imaginar cuanto mas había por delante.

Que manera de meterte en enredos decían las abuelas; de buscarse las complicaciones, ella sola…
Y allí iba como Alicia en el País de las Maravillas; hacia nuevos mundos, metiendo las narices y de cabeza en situaciones innumerables.
Admiro desde entonces la motivación que la movía a hacer lo alocadamente impredecible; repitiéndose no lo haré nunca mas; sin embargo tal vez no hacia eso precisamente; hacia algo nuevo, en un mundo donde todo esta tan bien organizado y tan poco planificado; es fácil meterse en problemas.
Viajar a dentro de la lavadora, tantas vueltas con solo mirarlo; introducir la nariz en el espejo hasta desaparecer en donde siempre quisimos estar.
Es que no eran problemas; era la necesidad imperativa de hacer cosas; de hacer nuevas cosas, casi todos los días; era descubrir el mundo; descubrirnos.
Si , no lo niego algunos quedaron dando vueltas y jamas salieron; o tal vez salieron algo mas dañados; algo mas solos. O no salieron…
Extraño las vueltas de la vida; esas que te hacían meterte de lleno en donde vos creías; donde los ideales, las mágicas ilusiones; te hacían creer que ese era el momento justo de meterte de cabeza, hasta la coronilla ( escuchaba decir).
Meterse, arriesgarse, vivir dentro del sistema tan fuera como se pueda…

Y uno deja de recordar, no por dolor ni mierdas por el estilo, sino por miedo de quedarse estancado de nuevo en aquel instante que se ha vuelto indeleble.

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Y uno deja de recordar, no por dolor ni mierdas por el estilo, sino por miedo de quedarse estancado de nuevo en aquel instante que se ha vuelto indeleble.

Por que guardamos esos temores, esos parecidos a lo que dirán; esos dolores del alma; desde pequeños aprendemos a no decir basta; a no llorar demasiado fuerte; eso molesta, interrumpe.
Y así andamos guardándonos cosas para siempre.
De tanto en tanto se nos apagan los ojos brillantes de la niñez, de sorprendernos; de la magia; del por que detrás de arco iris esta el oro del mundo; se vacían las cuencas , en cada desilusión, en cada situación que los grandes dicen comprender y nos roban la oportunidad de explicarles como solucionarlas.
Se escucha son tan solo niños; en verdad no se nos escucha; aparentemente no nos entristecemos, si prontamente reímos.
Mira detrás de cada rostro, mira mas allá de los los ojos, algunas veces veras vacíos; tanta maravilla desparramada y te empeñas en no dejarme beberla entera; solo por que soy niño.
Por que soy niño; es que me niego a que me expliques grandilocuente mente lo que no sabes…
Nada sabes, mas que lo que tu triste realidad regalas.
dame la oportunidad de ser el rayo perfecto de ilusión , que algún día perdiste…